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Editorial lunes, 16 de marzo de 2020

Elocuente espaldarazo a la democracia

A contrapelo de la frustración causada por el fracaso de las elecciones del 16 de febrero y los miedos generados por la pandemia del coronavirus, los votantes dominicanos dieron ayer un elocuente ejemplo de fe en la democracia.

Acudieron en orden a sus colegios electorales y ejercieron el sufragio en condiciones normales y transparentes, pese a las dudas que pudieron haber anidado sobre la pulcritud de los comicios municipales extraordinarios tras el pasado fiasco.

Un factor nuevo que gravitaba sobre el evento, la amenaza del coronavirus, no detuvo el interés y el entusiasmo de los votantes por cumplir con el mandato sagrado que les confiere la Constitución para la renovación de las alcaldías y concejos municipales del país.

Ese mismo espíritu fue el que prevaleció en el malogrado proceso anterior, lo que indica que la vocación democrática tiene arraigo entre los dominicanos, sobre todo en los jóvenes, que constituyen un segmento mayoritario dentro del padrón electoral.

A favor de este proceso también debe decirse que estuvo bien administrado por los delegados de mesas de las juntas electorales municipales, bajo la mirada del organismo rector, la Junta Central Electoral, y los observadores internacionales, una especie de garantes de la legitimidad de estas elecciones.

Estas experiencias ciudadanas contribuyen a reforzar uno de los mecanismos más idóneos que tiene el sistema democrático para asegurar y poner a prueba los derechos que tiene el pueblo para decidir, libremente, a cuáles candidatos favorecer en las contiendas municipales, congresuales y presidenciales.

Con la ejemplar participación de ayer, el pueblo validó la vía electoral como la más auténtica expresión plebiscitaria de su voluntad, y trasmitió al liderazgo político-partidario las señales o mensajes del tipo de gobierno municipal que desean en función de las ofertas o percepciones de calidad que suscitaron los distintos aspirantes a los puestos electivos.

Una vez más la ciudadanía ha reivindicado el grandioso poder que tiene el voto para decidir a quiénes favorecer y en quiénes depositar su fe para conducir los destinos de sus municipios y, más adelante, del país, sin que esa voluntad sea contaminada por las trampas, fraudes o coacciones que suelen atentar contra la limpieza de los comicios, sean cuales sean sus niveles.