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Editorial martes, 18 de febrero de 2020

El zafacón de los dispendios

Mucha gente repara ahora en el alto costo que representa, en el presupuesto nacional, la financiación de los procesos electorales cada cuatro años y el subsidio casi de por vida a los partidos legalmente reconocidos. Ahora que las inversiones por más de cinco mil millones de pesos en las frustradas elecciones municipales se han perdido irremediablemente, la población ha quedado con la sensación de que hubo un penoso desperdicio de recursos sin que se lograran los objetivos perseguidos, que se asumen como el costo necesario para mantener la democracia.

Bajo este concepto, también comienzan a mirarse con recelo las enormes sumas (superiores a los tres mil millones de pesos) que se distribuyen entre los partidos, en algunos casos para dilapidarlos en prácticas no totalmente afines con los valores de una democracia.

¿En qué, finalmente, se utiliza tanto dinero improductivamente? Probablemente en promoción de candidaturas, lo que no deja de ser un gracioso dispendio de recursos, y en la compra de votos o movilización de votantes hacia los centros de votación, dos prácticas que riñen con el espíritu de la libre expresión de la voluntad popular.

Pese a ser alimentados económicamente por el Estado, ¿qué aportes o recompensas ofrecen a cambio los partidos al mismo Estado y a la sociedad para justificar el beneficio de tan enorme sangría presupuestaría?

Ni siquiera ejercitan la transparencia que manda la ley en el gasto de esos recursos, ni tampoco reciben sanciones por tan sospechosa y grave falta, que no se le tolera a otros sectores que reciben fondos públicos.

Luce, para muchos ciudadanos, que esta es una inversión improductiva en gran medida, si los recursos no se destinan a programas de formación política para preparar futuros alcaldes, concejales o legisladores, sino a mítines, caravanas y otras actividades donde el partido paga los gastos del festín en bebidas, pica-pollos, combustibles y compra de voluntades de los electores más vulnerables o más avivatos.

Lo cierto es que perder más de ocho mil millones en estos fallidos “ejercicios democráticos” llora ante la realidad de problemas humanos y comunitarios no resueltos y ante perentorias necesidades ciudadanas que podrían experimentar mejorías o soluciones si tanto dinero no fuera a parar al zafacón de los dispendios en nombre de una democracia sesgada de impurezas y debilidades que cada día la desnaturalizan más.