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Editorial miércoles, 20 de noviembre de 2019

EDITORIAL

Ni vacas sagradas, ni culpables favoritos

A la justicia habrá que quitarle su clásica venda, ya que sus jueces y fiscales no parecen ver la sobrecogedora magnitud de los actos de corrupción y crímenes de toda laya que encanceran hoy la sociedad dominicana.

Y habrá que pedirle que con la espada que lleva la diosa que la simboliza, esos mismos jueces y fiscales puedan darle un zarpazo a la impunidad y la indulgencia con que ciertos tribunales han tratado muchos de los casos más escandalosos de venalidad, prevaricación y cohecho que atentan contra la institucionalidad y el imperio de las leyes.

Si la venda tiene el propósito de garantizar la imparcialidad de juicio no se le pediría que se despojase de ella. Pero resulta que, con venda o sin venda, hay demasiadas fuerzas que ya le arrancaron su balanza y, si se descuida más, hasta le quitan la espada para desarmarla, todo con el propósito de aniquilar su autoridad para aplicar sanciones y penas a los que delinquen,

Al perderse la autoridad de la ley y de las instituciones llamadas a imponerla y defenderla, nadie parece tener miedo a delinquir ni mucho menos a sus consecuencias, que es ahora el signo más patente del quiebre de la institucionalidad del país.

Con venda o sin venda, la justicia no ha podido desmarcar a los culpables reales de los culpables favoritos; ni a las vacas sagradas de las vacas perversas que, refociladas en el pasto del erario público, devoran los bienes del Estado sin mayores contratiempos.

No valen ni siquiera las pruebas más fehacientes de los actos fraudulentos, porque antes de actuar contra los autores verdaderos trata de distinguir si son o no favoritos de la instancia superior que, invisible o abiertamente, empuja el péndulo de la diosa inmóvil, ciega pero también muda.

Váyase a ver qué pesadas son las ruedas de la justicia cuando la sociedad precisa que se muevan con más rapidez para atajar el desenfreno de la corrupción, pública o privada.

Esta parálisis o lentitud es la que prueba, entonces, que existen vacas sagradas e intocables a las que ningún juez o fiscal se atreve a darle el estoque para no enfrentar las represalias del poder que las protege y las alimenta.

Como resultado de este estado de impunidad,  la sociedad sufre en silencio, hasta ahora, su mayor desengaño ante una justicia que se ha convertido en rehén de sus propias incompetencias.