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Editorial martes, 12 de noviembre de 2019

EDITORIAL

Cuando se le ha perdido el miedo a todo

El miedo a atracar, el miedo a asesinar, a robar los dineros ajenos o los del erario; el miedo a la autoridad y a la ley, a caer preso, a especular con alimentos y medicinas, ya no parece existir entre muchos dominicanos.

Como el miedo se enraizó bajo la dictadura, donde hasta para pensar mal del gobierno había que sacar valor de donde no hubiera, mucha gente ha entendido que, en la democracia, en la libertad y en el libertinaje, no caben ya las inhibiciones de ningún género, ni siquiera para orinar o defecar en plena vía pública.

El pudor al desnudo, a tomarse lo ajeno, al estigma social que marca a los que incurren en inmoralidades o en irrespetos a personas y símbolos, también se ha evaporado, porque en realidad la vergüenza misma también tomó las de Villadiego.

La honestidad, la humildad, la modestia y el recato personal estaban íntimamente asociados a la cualidad del pudor. De modo que cuando este pilar se derrumba, le siguen en cascada otras virtudes ciudadanas, ya diluidas.

Por vivir bajo un estado en el que muchos le perdieron el miedo a los desenfrenos, es que tenemos más asesinatos, más atracos, más muertes por accidentes, más impunidad para tantos tipos de delitos.

Por permitir que llegásemos a un punto en que a la justicia no se le teme, porque la venalidad ha permitido que un culpable evada sentencias condenatorias, o compre indulgencias, o logre el contubernio para que, mediante un arreglo, un potencial asesino salga de la prisión a matar a una mujer, como ha ocurrido en estos tiempos, es que esta sociedad marcha desinstitucionalizada.

Y da pena que se siga arraigando esta falta de miedo a los elementos legales de la disuasión o la punición, que es lo que provoca que la impunidad se enseñoree y aplaste el sentido de respeto a la ley, al pudor, a la honra y la dignidad.

Tan patente es esa realidad que a nadie le interesa denunciar amenazas de muerte o de peligro, robos o agresiones, porque ya la justicia no les parece confiable, ni siquiera si se trata de ejercer el derecho a la defensa de la vida o de la propiedad.