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Editorial miércoles, 22 de mayo de 2019

Cadena de secuestros

 Los “secuestros express”, frecuentes y a menudo silenciados por las propias víctimas por temor a las represalias, se están convirtiendo en una tormentosa modalidad delincuencial en nuestro país.

 Sus autores actúan en grupo, en banda, para rodear de mayor seguridad la operación de rapto y atraco que suelen perpetrar en horas nocturnas, acechando a sus víctimas cuando salen de restaurantes u otros lugares y despojándolos  de sus pertenencias o del dinero guardado en bancos.

 Los últimos episodios que se han denunciado públicamente permiten establecer que estos “secuestros express” siguen un mismo patrón, pues tienen en principio la apariencia de un registro sorpresivo o cateo de patrullas nocturnas de la Policía, para que las víctimas no se resistan.

 Sus componentes usan escopetas y armas como las que suelen portar las patrullas y, en ocasiones, emplean gorras o atuendos con los que logran dar la apariencia de que son agentes de verdad.

 Una vez que tienen en su poder a sus víctimas, las llevan obligadas a cajeros automáticos de bancos para retirar dinero con tarjetas, o si han estudiado bien a sus futuras presas, las conducen hasta sus propias casas para que les entreguen pertenencias de valor.

 Son agresivos. Intimidan, someten a torturas mentales y físicas a los plagiados y, si las cosas se complican, no lo piensan dos veces para matar.

 Una banda de seis delincuentes, algunos de ellos con varias fichas, perpetró el pasado fin de semana tres “secuestros express” en un mismo día, lo que revela su atrevida capacidad para dar golpes certeros rutinariamente, con plena impunidad.

 De la única manera que las autoridades pueden desalentar la expansión de estas prácticas delictivas es descargando sobre los bandidos todo el peso de la ley, una vez que la Policía y el ministerio público presenten formales y bien documentadas pruebas de esas fechorías ante los tribunales, para que no tengan chance de eludir la cárcel.