EDITORIAL

La democracia no puede perder legitimidad

Los pueblos que han alcanzado algún grado óptimo de libertad le deben este privilegio a la democracia, que es el sistema en el que la voluntad de la mayoría, manifestada sin trampas ni coacciones en las urnas, elige y confía a los gobiernos el manejo del destino nacional.

La legitimidad de la democracia es la esencia de su propia supervivencia, fortaleza y calidad. Una democracia no es tal si no funcionan en ella, con plena independencia y autonomía, los tres poderes del Estado moderno. Sería una democracia de apariencia, una democracia falsa.

Si los tres poderes del Estado, por la causa que fuere, no cumpliesen con sus responsabilidades constitucionales, entonces la democracia entra en fase de endeblez, se va desfigurando y deviene en el sistema opuesto, que es la dictadura, donde el poder lo concentra un hombre o un partido.

Estas preocupaciones se hicieron presentes en la conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, el Viernes Santo, y podría decirse que constituyeron el “summum” de los siete sermones pronunciados en ella, advirtiendo sobre los peligros de caer en un derrotero de absolutismos si dañamos nuestra democracia.

Estos temores no son exclusivos de la sociedad dominicana.

Laten en muchas partes de América Latina donde las democracias pierden fuerza y parecen ir a la deriva, si es que ya no sucumbieron.

Lo que viene, tras el colapso de la democracia, es la dictadura, a menudo disfrazada con inofensivas pero engañosas etiquetas: democracia popular, democracia revolucionaria, democracia participativa, como el lobo de la Caperucita Roja.

Ninguna, sin embargo, preserva los fundamentos básicos de la democracia pura, en la que florecen todas las libertades, sin medianías ni cortapisas. Por el contrario, disimulan su naturaleza al permitir un sistema con cierto nivel de representación y parlamentarismo y permiten algo de pluralidad en los medios de comunicación.

Su pilar es el control de los demás poderes, especialmente el judicial, para tener libre la cancha de la corrupción.

Con él viene el control de la actividad económica, política y cultural y, finalmente, la asfixia de toda libertad.

Ese es el futuro que no quiere ni la iglesia ni los dominicanos sensatos que aprecian la libertad y la democracia que recuperaron tras los años oscuros de la tiranía trujillista.