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Editorial sábado, 15 de diciembre de 2018

Mandarriazos en plena Navidad

El sorpresivo desalojo de residentes en el barrio Los Guandules, ejecutado días antes de la fecha anunciada oficialmente para hacerlo, ha resultado en un traumático acto de fuerza, agravado por la circunstancia de que se hizo en la época navideña, increíblemente inoportuno.

Las brigadas llegaron muy temprano, apenas al despuntar el jueves, lo que significa que muchos residentes despertaron de un sueño para caer en una pesadilla.

Sacados de sus viviendas, los ajuares fueron amontonados y llevados sin ningún tipo de inventario a otro lugar, lo que enfureció a los desalojados, que protestaron y se enfrentaron a la Policía porque entendían que sus bienes -sus poquitos bienes- eran virtualmente sustraídos.

El desalojo de estos sectores es uno de los procedimientos previos para erigir allí, en su favor, un modelo habitacional más digno. Así como el Gobierno limpió de casuchas las riberas del Ozama para erigir la moderna ciudad de La Nueva Barquita, en la parte oeste del río, así existe el propósito de hacer un proyecto híbrido en Domingo Savio.

Son iniciativas plausibles, imprescindibles, necesarias e impostergables. Pero hay que cuidar las formas de los procedimientos. No es fácil ni humano echar a la calle, al modo de sálvese quien pueda, a los residentes de los barrios que serán transformados. Ni tampoco enajenarles sus bienes, porque no se trata de delincuentes ni de patrimonios ilegítimos sujetos a confiscación.

Vecinos se quejan de que les están ofreciendo o entregando poco dinero para reubicarse. O que no les han ofrecido una alternativa temporal segura para esperar el comienzo y el final de la nueva urbanización, donde tendrían sus nuevos hogares, más dignos que sus maltrechas covachas.

Es preciso conducir el proceso tomando en cuenta estos factores, los elementos de incertidumbre o inconformidad que se incuban en todos aquellos que serán removidos de su hábitat y el momento apropiado para proceder al desalojo y posterior reubicación, sin que sea necesario apelar a una especie de ataque sorpresa al enemigo, con fuerza y brutalidad excesiva.