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Editorial domingo, 04 de noviembre de 2018

Reflexiones del Director

Bob Woodward en la SIP

  • Bob Woodward en la SIP
Miguel Franjul

Bob Woodward es uno de los más célebres periodistas investigadores de los Estados Unidos, convertido en ícono en 1972 al develar en una larga serie de publicaciones en “The Washington Post”, los hilos invisibles de la trama de espionaje montada por el entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, contra las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate, en la capital norteamericana.

Junto a su compañero Carl Bernstein desentrañó sistemáticamente los misterios de esa conspiración hasta llegar al culpable: nada más y nada menos que el Presidente de los Estados Unidos, tras cuyo escándalo, este debió renunciar al poder, muy humillado.

El suyo, junto a Bernstein, ha quedado como un modelo de periodismo de investigación que no se arredra frente al poder, que no desmaya en la búsqueda de la verdad, que verifica y comprueba las informaciones de sus fuentes, que es inquisitivo frente a los que tienen miedo de hablar y que no se detiene ante las barreras del silencio.

Desde que obtuvo en 1973 el “Premio Pulitzer de Periodismo”, Woodward se ha esmerado en escribir libros sobre la vida y el accionar de otros presidentes norteamericanos y del Papa Juan Pablo Segundo, en los que hace galas de su magistral instinto investigativo, sacando a la luz los entresijos de muchos aspectos desconocidos en la historia de esos personajes.

Todavía a los 65 años preserva ese espíritu y esas energías juveniles para husmear en el fondo de escándalos dormidos. Lo demuestra con su último y controversial libro “Fear: Trump in the White House”, en el que relata pasajes desconocidos del comportamiento del presidente Donald Trump y sus colaboradores en la Casa Blanca.

Me impactó mucho, cuando hablaba en teleconferencia con los delegados a la 74 Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Salta, Argentina, el relato de su encuentro con un personaje de alto cargo del gobierno, en una madrugada, mientras recogía notas para este último libro.

Estaba cerca de la residencia del funcionario. Le hizo una llamada telefónica a las 11:30 de la noche diciéndole a su fuente que, en ese momento se encontraba a cuatro minutos de su casa y que deseaba verlo. Tras una resistencia inicial, el funcionario aceptó recibirlo de inmediato. La entrevista duró hasta la cinco de la mañana.

Ese fue su estilo durante la investigación de Watergate y este es el modelo que recomienda a los jóvenes periodistas de hoy:

“Salgan de internet, salgan de la biblioteca, vayan a los lugares de los hechos, hagan un exámen detallado. No hay nada mejor que aprender de primera mano. Hay que encontrar gente valiente dispuesta a decir lo que piensa e ir a ellos, en vez de usar internet o ir a un despacho. El hogar del entrevistado es donde este se siente más cómodo. Es un método extraordinario ante una Casa Blanca tan secretiva”.

En esta enseñanza coincide con el famoso editor norteamericano Joseph Pulitzer, en cuyo nombre se ha creado el prestigioso premio al periodismo de calidad, quien se escandalizó cuando visitó la redacción de un diario que había comprado en Nueva York al ver a todos los reporteros instalados frente a sus máquinas o haciendo entrevistas por teléfono.

Su orden al director fue tajante: “Desde ahora en adelante quiero que todos se vayan a la calle y que solo regresen cuando tengan una buena historia para contar”.

Esta es una clave que no podemos desdeñar en este tiempo, en que la tecnología nos permite desarrollar búsquedas noticiosas más ágiles, contactos más inmediatos y salvar algunas distancias.

Pero lo esencial sigue siendo el contacto directo con la gente y el aterrizaje en los escenarios de la calle, donde verdaderamente podemos palpar un conjunto de señales y realidades que no captan nuestros sentidos si vivimos permanentemente dentro de la burbuja de una redacción, en un mundo  virtual, esclavos de la pantalla y de las ansiedades por dar primero la noticia, en esta carrera por la velocidad que nos imponen las redes sociales.