Un perfecto apátrida

El verdadero apátrida que existe en el país, viviendo bajo un destino incierto desde casi 30 años, es Joseph Rosario. Un apátrida sin dolientes. Ni es dominicano (pero tampoco quiere serlo), ni parece ser holandés (como él dice que es).

Se quedó varado en el país en 1986 y cuando intentó volver a Holanda, la que considera su patria natal, lo devolvieron a nuestro país bajo la presunción de que, por su apellido, parecía más dominicano que holandés.

Esta es una historia que muchos conocen, porque la prensa ha dedicado desde entonces muchos reportajes al caso.

Lo extraño es que ningún organismo internacional, de esos que tienen por misión asistir a los inmigrantes en situación de dificultad o que se ocupan de luchar contra la apatridia, se ha interesado por la suerte de este perfecto apátrida, cuando por las características de su calvario hace tiempo que debió suscitar la más solícita intervención de carácter humano para resolver el dilema de su verdadera nacionalidad.

Contrasta el desinterés frente a un caso indudable de apatridia --como es, en efecto, el de Joseph Rosario-- con el afán que han puesto algunos organismos para etiquetar como parias o gente sin patria a personas que, hijas de haitianos en situación de ilegalidad en el país, reclaman que se les reconozca como dominicanos, pese a que la Constitución haitiana taxativamente los considera hijos de esa tierra.

 Poca fuerza moral tienen aquellos que se han confabulado para acusar al país de provocar la supuesta “apatridia” de miles de haitianos cuando, ante sus ojos, permiten que un perfecto y verdadero apátrida --Joseph Rosario-- siga siendo lo que es, sin que su ingrata suerte despierte en ellos, aunque sea, una pequeña dosis de compasión.