Dejar hacer, dejar pasar
La puesta en foco del problema del transporte público en una serie de tres amplios trabajos periodísticos del Listín ha evidenciado las agudas fallas de un sistema que, pese a las millonarias inversiones, sigue siendo malo, caro y riesgoso. Para comenzar, las cinco instituciones oficiales responsables del transporte trabajan cada una por su lado, sin coordinación y sin integración de tareas. Un reflejo del desorden es que hasta en una misma ruta prevalecen cinco tarifas diferentes y, lo peor, tales tarifas son unilateralmente impuestas por los sindicatos, que admiten que operan sin el rigor de las regulaciones oficiales. Con muy contadas excepciones, los sindicatos o empresas privadas del transporte público no cuidan aspectos importantes como la seguridad ni confortabilidad de los vehículos, sean estos carros o guaguas, ni parecen recalcar, entre sus miembros, la obligatoriedad de respetar las leyes. Lo que estamos observando, día a día, es que se han hecho más consuetudinarias e impunes estas violaciones, y se acentúa la percepción de que las autoridades, pese a tantas instituciones dedicadas a un mismo sector, han sido insuficientes o incapaces de garantizar el mínimo de orden, seguridad y funcionabilidad de nuestro sistema de transporte público. Todo ha sido, en esta materia, un dejar hacer, un dejar pasar.

