Que los saquen, a las buenas o a las malas
Gadafi ha decidido masacrar a los opositores a su régimen, acantonados en algunas ciudades importantes.
Los dictadores suelen creerse, en algún tramo de sus largos ejercicios, que ellos son los humanos que más se parecen a Dios, y por eso se aferran a la idea de que serán eternos en el poder. Cuando algún factor altera sus alucinaciones o sus grandes delirios de onmipotencia, reaccionan violentamente, agresivamente, inflexiblemente, paranoicamente frente a estos o a los contrarios del pueblo. Ese es el estilo que estamos viendo en las formas y métodos que están utilizando las viejas dictaduras o monarquías del mundo árabe o africano para mantenerse en un poder cuestionado por sus pueblos, y el más dramático y elocuente, en estos momentos, es el del coronel Moamar Gadafi, que lleva gobernando a Libia durante más de cuatro décadas sin dar un respiro de libertad a sus conciudadanos. Gadafi ha decidido masacrar a los opositores a su régimen, acantonados en algunas ciudades importantes, y eso ha provocado la formación de una alianza militar de varias naciones occidentales para impedir que continúe impune su genocidio. Parece ser, entonces, que la única manera de desalojar del poder a estos presuntos eternos gobernantes es por vía de la fuerza de las armas, si es que no lo hacen empujados por las mareas humanas que se manifiestan pacíficamente en las calles de sus países, como ocurrió en Egipto. La humanidad está contemplando esta locura con estupefacción y pena. Y talvez por eso es que la misión de la coalición militar que hoy actúa en el escenario libio cuenta con el más generalizado y firme apoyo, exceptuando, desde luego, el del resto de los dictadores que de seguro están poniendo sus barbas en remojo para cuando les llegue su turno, que esperamos no tarde tanto.

