El sacrificio que se impone
Estamos abocados no solamente al plan de ahorro de combustibles, sino a moderar el consumo en bienes y servicios que ya están siendo impactados por las alzas del petróleo. El Gobierno, las empresas, las gentes tienen capacidad para reajustar sus presupuestos cuando la inflación los golpea, pero una cosa es ajustar los presupuestos, y otra complementaria, es adecuar las costumbres y modos de vida a la premisa de ese sacrificio. El país, en sentido general, está expuesto a destinar ahora más millones de dólares para la compra de hidrocarburos que lo que estimó invertir cuando se estructuró el presupuesto de este año. Si se planificó comprar petróleo a 80 dólares el barril, ahora resulta que tendrá que hacerlo a un precio todavía mayor y, para colmo, en escalada. Esa alza petrolera se siente, de inmediato, en nuestras tarifas de luz, de transporte y de productos comerciables, obligando a muchos a reajustar sus gastos para no perder demasiado nivel en los estandares de calidad de vida que tenía antes de este fenómeno. En otros momentos hemos atravesado por igual situación. Lo penoso es que, por más bien diseñado que sea el plan de ahorro o austeridad, terminamos relajándolo o abandonándolo y acumulando gravosos déficit en las cuentas del Estado. Esta vez no debería ser así. Es importante una cuota de sacrificio para que, al final, podamos sobrellevar la carga de estas alzas de la mejor manera posible.

