Cambiemos, y hagámonos respetar

Con el nivel de pobreza y de carencias que existe en América Latina, es hora de que nuestros pueblos se vuelquen hacia alternativas de Gobierno que verdaderamente garanticen una lucha frontal contra esos males. No podemos seguir sosteniendo un modelo ( como el caso dominicano) en el que lo único que cambia son las caras del Gobierno, pero no así las políticas directas, agresivas y sistemáticas que ayuden a aminorar el cúmulo de factores de crisis que soportamos. Nadie sabe si es por un amuleto mágico o por un edulcorante raro, pero cuando Evo Morales, en Bolivia, traza una ruta radical para cambiar de cuajo los modelos corruptos o arterioesclerotizados de hacer política, los intereses afectados se subordinan de inmediato. Allí estatizan o cambian las reglas a los inversionistas extranjeros, y estos (tras el pataleo) se adaptan a las nuevas exigencias. O se van a la porra. Lo mismo pasa con Chávez, en Venezuela, y está pasando con los nuevos liderazgos que emergen en varios países de América Latina que postulan un discurso y un accionar diferente a los aburridos, desgastados e inútiles mecanismos que todavía imperan en naciones con sistemas políticos y gubernamentales corrompidos de arriba a abajo, entre ellos el nuestro. En estos regímenes, cada funcionario apaña al anterior para justificar lo malo o lo corrupto que era, y así se crea un sistema de impunidades y de arreglos bajo la mesa que impiden que puedan darse cambios de rumbo y de objetivos con los que siempre han soñado los pobres, cuando los nuevos llegan al poder cargados de promesas falsas. Por esas debilidades es que, cualquier país poderoso, o su representante diplomático, se siente libre de estrujarnos en la cara sus caprichos no satisfechos, mas no lo hacen así frente a otros gobernantes o países que rápidamente los llaman al orden, los ponen en su sitio. Y los callan. Y de esa forma se hacen respetar, y con ello exaltan el orgullo nacional, valor que aquí y en otras partes hemos perdido. Por eso decíamos en estos días que se necesita de una mentalidad diferente, de un estilo de gobernar más a tono con las necesidades de los pobres y no con las prioridades de los países y organismos poderosos que bajo las apariencias de ayudas generosas, subyugan y subordinan aquellas políticas que perpetúan ese estado de pobreza, miseria y atraso que con tanto valor acaba de denunciar el Papa Benedicto XVI y que emergen como una fuerte amenaza contra este decantado y arbitrario estado de cosas.

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