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Economía & Negocios miércoles, 24 de febrero de 2021

Detener el cambio climático sin poner en riesgo la prosperidad

Bjorn Lomborg

Los políticos alrededor del mundo están haciendo todo lo posible por prometer políticas climáticas increíblemente caras. El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, ha prometido un gasto de 500.000 millones de dólares cada año. Y la Unión Europea gastará el 25% de su presupuesto en políticas climáticas.

La mayoría de los países ricos prometen ahora que reducirán a cero sus emisiones de carbono para mediados de este siglo. Pero, sorprendentemente, solo un uno de ellos ha hecho un cálculo serio e independiente del coste que conllevará: Nueva Zelanda. El estado oceánico ha descubierto que esta reducción se llevaría, en el mejor de los casos, un 16% de su PIB para mediados de siglo, lo que equivale a todo el presupuesto actual del país.

Para los EEUU y la UE, el coste equivaldría a más de 5 billones de dólares anuales. Una cantidad que es superior al presupuesto federal total de los EEUU, o al conjunto de lo que los gobiernos de la UE gastan en todos sus presupuestos de educación, recreación, vivienda, medio ambiente, asuntos económicos, seguridad, justicia, defensa y sanidad.

Es revelador que, recientemente, el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, haya admitido que las políticas climáticas van a ser tan costosas. Y que sería un asunto de “vida o muerte para nuestra industria” sin unos enormes aranceles que la protegiesen.

El cambio climático es un problema real y está provocado por el ser humano. Pero el impacto es mucho menos inquietante de lo que sugieren los informes climáticos. El Grupo de Expertos sobre el Clima de la ONU ha descubierto que, si no hacemos nada, el impacto total del cambio climático para la década de los 2070 será equivalente a reducir nuestros ingresos entre un 0,2% y un 2%. Teniendo en cuenta que para entonces se espera que cada persona sea 363 veces más rica que hoy, el impacto del cambio climático logrará que “solo” seamos 356 veces más ricos. No parece el fin del mundo.

En cambio, las políticas climáticas podrían ser mucho más nocivas al cortar el crecimiento de forma drástica. Un menor crecimiento traería riesgos de protestas y de cambios políticos bruscos. Y no es que sea una sorpresa. Si usted vive en una economía floreciente, sabe que usted y sus hijos vivirán mucho mejor en los años siguientes. Y, gracias a ello, se puede tomar con calma el presente.

Pero sin crecimiento, el mundo se convertiría en un juego de suma cero. Que otros tengan mejores condiciones significará que las suyas serán peores, lo que conllevará una pérdida de cohesión social, de confianza en el futuro próximo. Las protestas ante los impuestos ecológicos de los chalecos amarillos en Francia, que han tomado el país europeo desde 2018, podrían convertirse en un elemento habitual de muchas de nuestras sociedades.

Y, pese a todo, los políticos se siguen centrado de manera obsesiva en el clima. Las “soluciones” que proponen y que acabarán con el crecimiento podrán seducir a unos cuantos académicos con trabajo fijo, pero conllevarían consecuencias trágicas de estancamiento, desacuerdo y conflicto entre la gente de a pie.

La mayoría de los votantes no quieren pagar estas extravagantes políticas climáticas. Mientras Biden propone gastar el equivalente a US$1500 por estadounidense al año, una encuesta reciente del Washington Post mostró que más de la mitad de la población no está dispuesta a pagar ni siquiera 24 dólares.

¿Y, además, para qué? Si todos los miembros de la OCDE rebajasen hasta cero sus emisiones de carbono mañana mismo y durante el resto del siglo, el esfuerzo conllevaría una casi que imperceptible reducción de 0,4º grados en las temperaturas para el año 2100.

Esto se debe a que más de tres cuartos de las emisiones globales en lo que queda del siglo procederán de Asia, África y Latinoamérica. Estos países están convencidos de sacar a su población de la pobreza y alcanzar el desarrollo a través de energía barata, y de la que se puede disponer en cantidades enormes.

Los últimos 30 años de políticas climáticas han generado costes gigantescos y mayores emisiones. A la hora de cortar las emisiones solo han funcionado dos cosas: las recesiones y los confinamientos por el COVID-19, y ambos son indigeribles a nivel social. Esperar a que los estados dejen de utilizar energía barata tampoco será la solución. Necesitamos innovación.

Veamos, por ejemplo, la terrible polución en el aire de Los Ángeles en 1950. Este fue un problema que no se solucionó pidiéndole de forma educada a los conductores que dejasen de manejar sus vehículos. No. Se solucionó a través de la innovación: el convertidor catalítico permitió que los ciudadanos condujesen más lejos contaminando menos. Necesitamos invertir en investigación para que la energía verde sea mucho más barata: necesitamos una mejor energía solar y eólica, mejores baterías, y una fisión, fusión y captura de carbono más barata.

Si podemos innovar y reducir el precio de la energía verde por debajo del de los combustibles fósiles, todo el mundo abrazará el cambio sin poner en riesgo la prosperidad.

(*) Bjorn Lomborg es presidente del Copenhagen Consensus Center y profesor visitante de la Copenhagen Business School. Ha sido considerado una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time, una de las 75 personas más influyentes del siglo XXI por la revista Esquire y una de las 50 personas capaces de salvar el planeta por el periódico The Guardian, del Reino Unido. Su más reciente libro es False Alarm, que se suma a sus numerosas publicaciones, entre ellas los best seller “El ecologista escéptico” y “Cool It”.