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Economía & Negocios viernes, 11 de diciembre de 2020

La Revolución Exportadora

Luis Manuel Piantini
Santo Domingo, RD

Las reformas estructurales puestas en vigencia por los gobiernos dominicanos a partir del 1966 han sido originadas por las secuelas adversas que sobre la economía han dejado las crisis políticas económicas y sociales. Solo en tres ocasiones en 54 años los gobernantes dominicanos se han lanzado a realizar reformas que impacten y se conviertan en verdaderas transformadoras e impulsoras de la economía del país.  De haber sido menos conservadores y dependientes del status quo y más emprendedores, modernizantes e innovadores la República Dominicana fuera hoy la Hong Kong o Singapur del Caribe.

Tan solo con esas tres reformas hemos podido sostener un crecimiento promedio superior al 5 por ciento anual, demostrando nuestro enorme potencial sin poder maximizarlo, demostrando también poca diversificación y débiles sectores agropecuario e industrial, convirtiéndonos en una economía de servicios, con todas las debilidades que esta conlleva para lograr mejores ingresos distribuidos y empleos más estables y mejor remunerados.

Balaguer después de la guerra civil del 1965 que desbastó la economía, emprende unas amplias reformas a partir del 1968, con el objetivo de superar la elevada concentración de la producción industrial en escasos bienes, la falta de ahorro y de capital para estimular la economía; buscar inversión extranjera y divisas que alentaran la productividad y las reservas y  elevar el consumo doméstico y el ingreso de las cuentas fiscales.

Mediante las leyes de incentivos industriales de sustitución de importaciones y promoción de las exportaciones, surgen los parques industriales nacionales como el de Herrera con financiamiento del Fondo Fide del Banco Central y la zona franca de la Romana de mano de la Gulf and Western. Con la Ley de incentivo turístico se construyen importantes hoteles en la capital con financiamiento del departamento Infratur del Banco Central, y se inician los desarrollos turísticos de La Costa Norte ejecutados por ese mismo departamento, iniciándose en el país lo que se ha llamado ahora, alianzas públicas privadas. Con el impulso del sector privado comienzan asomar proyectos en Romana, Bayahibe y Punta Cana.

También a finales de los sesentas y principio de los setentas se inician y concluyen las inversiones en las dos grandes explotaciones mineras del país, el ferroniquel y el dore por la Falconbridge y la Rosario Resources y se construyen las grandes presas. Todas estas inversiones públicas y privadas generan el más elevado boom de crecimiento durante una década. Pero estas reformas se enfrentaron a una debilidad estructural de la economía dominicana en las áreas cambiara y financiera  que ningún gobernante quiso enfrentar hasta el año 1985, cuando por otra grave crisis, se flexibilizaron parcialmente los regímenes cambiarios y financieros.

Estos dos torniquetes, por la rigidez en la variación de las dos tasas oficiales la cambiaria y la de interés, crearon muchas distorsiones que impidieron que se dinamizaran y expandieran los sectores de generación de divisas. La oferta de divisas no satisfacía la demanda por esas distorsiones que a la vez eran exacerbadas por un exceso en el gasto público.

Esta escasez de divisa fue sustituida por un endeudamiento externo creciente que hizo agua, y  genero una crisis de pago de las acreencias externas a finales del 1981, crisis que se extiende por 13 años, cayendo las tasas de crecimiento económico, hasta la renegociación de la deuda con la banca internacional en el 1994. Pero es la última gran reforma de los años 1991/92 en las áreas arancelarias, fiscal y completando la financiera y cambiaria, producto de la aplicación de lo que se ha llamado políticas neoliberales, flexibilizando los mercados domésticos, eliminando sus restricciones, y reduciendo las trabas burocráticas y los elevados  costos de importación para enfrentar la peor crisis en la historia económica del país entre los años 1989/90, cuando  realmente se da impulso definitivo a los sectores generadores de divisas, de zonas francas y turismo, y que junto a las telecomunicaciones y la construcción han sido los principales impulsores de un crecimiento promedio del 5% en los últimos 25 años.

Situación Presente y Recomendaciones

Ahora con otra gran crisis producto de la Pandemia emergen las debilidades de nuestra economía. Una de ellas es que las exportaciones nacionales, excluyendo el oro, se han quedado rezagadas y; que la mayor parte de la generación de divisas no puede sustentarse en sectores con elevados riesgos, como lo ha demostrado que es el turismo, convirtiéndola en una economía muy vulnerable para el sostenimiento de niveles de empleos y divisas saludables.

No es que estemos negando los amplios aportes que el sector turístico le ha proporcionado a la economía en generación de divisas y creación de empleos. Pero es que estos pueden evaporarse rápidamente cuando entra en crisis el sector. Esta pandemia nos ha demostrado que tenemos que utilizar todas las herramientas posibles en las que tenemos ventajas comparativas que impulsen un crecimiento y desarrollo sostenible, y que es con el firme desarrollo de las exportaciones de bienes agrícolas e industriales que podemos romper esa vulnerabilidad, diversificando nuestras fuentes de divisas y de generación de empleos.

Las exportaciones de bienes se han reducido escasamente por el oro y las de zonas francas, porque hay fuerte demanda en los debilitados mercados globales precisamente por estos bienes. Pero son muchas las restricciones que impiden que las exportaciones nacionales sean impulsadas de manera sostenible  y que no requieren de ninguna complicada reforma. Lo que hay es que apoyar a los exportadores legalmente en los consulados para que no los engañen en los envíos y pagos en el exterior; eliminar las trabas burocráticas nacionales; aduanales, arancelarias y fiscales y ; permitir que formen parte del régimen de zonas francas, hecho por el que propugno desde hace tiempo, ya que es lo único que le garantizaría no sufrir de la incertidumbre de las devoluciones impositivas que les otorga la ley de incentivo del año 1999,  pues las autoridades fiscales de aquí son como los monos que cuando agarran no sueltan.

Algunos han sugerido reducir o eliminar los llamados gastos fiscales de las zonas francas, que son los montos de los incentivos fiscales. Pero estos montos dejarían de existir como ingresos en el momento en que desaparecieran dichas empresas, desapareciendo también el 60% del total de nuestras exportaciones y más de 300 mil empleos directos e indirectos. En el mundo existen 135 países que poseen 5000 parques de zonas francas. Nuestras empresas tienen que competir con las de esos parques, y sin incentivos las mismas emigrarían hacia esos otros parques que les ofrecen iguales o mayores incentivos.

Son empresas que compiten en un mercado mundial con reducidos márgenes de beneficios pues sus ganancias lo obtienen en el volumen. Nuestro mercado es estrecho y estamos obligados a internacionalizar nuestros productos para que nuestra economía goce de un crecimiento dinámico y sostenible. Este paso de gigante, convertir todas las exportaciones en un régimen de zona franca, fortalecería las pequeñas y medianas empresas, el mercado formal, la formación técnica, la innovación, la tecnología y el empleo justo.  Póngase Presidente la cachucha de las exportaciones y haga posible la revolución transformadora que tanto venimos cacareando sin acabar de poner los huevos.