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Religión/Senderos domingo, 26 de febrero de 2017
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SENDEROS

La alegría es la fuente de la juventud

  • La alegría es la fuente de la juventud
Lesbia Gómez Suero
Santo Domingo

Corrientemente, el hombre se decanta a buscar en el exterior las soluciones al gran enigma que es la vida, y por esta situación compromete su estabilidad emocional, cuando con miedo sostenido, deberá hacerle frente a la vejez, la enfermedad y la muerte. Por todo esto, participa con denuedo en clínicas de salud, belleza y terapias, a modo de profilaxis, y en aras de retardar dichos procesos, con los que irremisiblemente tendrá que lidiar quiera o no. Sin embargo, el hombre obvia lo más elemental y seguro: la transformación interna.

Con lo cual puede tener acceso a los códigos numerados para experimentar una vida feliz, sin riesgos de procedimientos externos.

Existe para ello una gama de técnicas y disciplinas que sirven de instrumentos quirúrgicos y milagrosos para eliminar las funciones o patologías que inciden con notoriedad invasiva, en el desgaste y morfologías en los cuerpos, donde se estructuran las enfermedades, la vejez y la muerte.

Estimando que los aspectos mentales y psíquicos juegan un papel preponderante en la aceptación y manifestación de estos procesos.

Hay por tanto una expresión que dice: “…Un corazón alegre, hermosea el rostro…” ¿Pero cómo alcanzar o lograr esa alegría capaz de mantener joven y hermoso el rostro? ¿Es acaso que existe una fuente de la juventud en alguna parte? La alegría es un sentimiento por donde se instrumenta la razón, que permite tener una lógica y clara visión de lo que es uno, y de cuál es el propósito de la vida. Es vivir sin apego las cosas de las que nos creemos dueños por siempre. Es ser tolerante, sin traumas de resentimientos y amarguras. Es tener un respeto hacia todos, perdonándonos y perdonando en otros lo que no es real; como también ser indulgentes con nosotros mismos, al no incriminarnos continuamente, con autocastigos por los errores.

Es, por tanto, vivir con una conciencia abierta, sin prejuicios de clase, religión, raza o color. Es poder contagiarse con la inocencia y sonrisa infantil del ángel que nos guarda, es verlo reflejado como luz en nuestro rostro y reflejarlo al mundo con alegría y armonía, y sin traumas ni miedo.

Es, asimismo, entender que la soledad bien administrada proporciona la oportunidad de intimar con el ser interno, pudiendo con ello reflexionar y aceptar como verdad que la humanidad como sociedad planetaria es nuestra virtual familia, a la que debemos amar, respetar y servir en su conjunto. A sabiendas de que todos y cada uno estamos engarzados con un solo hilo conductual a través de la suprema esencia del amor, a La Universal Matriz de la cual dependemos, sin privilegios ni injusticia.

En resumen: “Vivir para ser eternamente joven es descubrir el milagro y privilegio de ser hijo de Dios, con todos los derechos adquiridos por herencia divina. Es servir con inmenso placer al hermano necesitado de abrigo y consuelo. Es la facultad de ¡amar y amarnos intensamente!”.  

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