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23 Agosto 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 1:18 AM
Puntos de vista 30 Junio 2013
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¿Qué hay en el fondo de las protestas?
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Ricardo Pérez Fernández
@Ricardoperezfde

Turquía, Chile, Indonesia y ahora Brasil, son los últimos países que experimentan protestas sociales a magnitudes que despiertan preocupación en sus respectivas autoridades. Esta modalidad de protesta dibuja un fenómeno nuevo, y no por lo que persigue, sino más bien por la anatomía que la caracteriza.

Estas protestas no responden a jerarquías, ni a ideologías. No son monotemáticas, ni se agrupan sectorialmente. Cualquier chispa es capaz de encender la pradera en la que habitan --desde un aumento al transporte, hasta la peatonalización de un parque-- y se esfuman con la misma agilidad que se constituyen en ariete de batalla, eso sí, hasta que las circunstancias, cualesquiera, les convoquen de nuevo al campo en el que ahora se libran las luchas.

Las integran la nueva clase media, la que merced a las nuevas tecnologías y las redes sociales, han descubierto el dulce y satisfactorio sabor del empoderamiento. Los gobiernos le temen, porque no saben lidiar con reclamos impulsados por conglomerados acéfalos y amorfos; pero sobre todo, les atemoriza no poder identificar un patrón de conducta que les permita anticipar certeramente, cuándo, dónde y por qué vendrá la próxima movilización.

¿Qué podría explicar el surgimiento de este nuevo fenómeno? El intelectual venezolano Moises Naím, autor del libro “El Fin del Poder”, plantea la tesis de que el factor común que une a todos lo países donde se observan estas protestas, es el haber experimentado un crecimiento económico sostenido por algún tiempo. Y ciertamente, el factor económico siempre es y será transversal a todos los movimientos sociales, sobre todo cuando se tratan de reclamos dirigidos a corregir vicios sistémicos que van en detrimento de una mejor calidad de vida.

Pero esto no lo explica todo. Es cierto, una nueva clase media, impaciente  y briosa, protestará por una burocracia estatal reducida y eficiente, por la erradicación de la corrupción y mayores oportunidades de acumulación de riqueza para todos; pero éstas siguen siendo batallas, y no la guerra. Entonces, ¿contra quién es la guerra, contra los actores o el sistema?

Toda ola de acción trascendente ñy esta nueva modalidad de protesta es una- descansa sobre algún fundamento filosófico. Así fue cuando surgieron las revoluciones antimonárquicas por Europa y América, y también cuando se encumbraron los movimientos anticapitalistas. La que atestiguamos hoy no es una excepción, pero sí guarda una diferencia con las otras, y esta es que el fundamento filosófico que la sustenta aún no es tema de discusión, pero pronto lo será.

¿Y cuál es este fundamento filosófico? Cuando esculcamos y estudiamos los matices distintivos, podríamos llegar a esta conclusión: es un levantamiento contra la democracia representativa como forma de gobierno.

Esta nueva casta ciudadana, pertrechada de tecnología e información,  no se conforma con delegar el poder de decisión, y a cada oportunidad que identifica como escenario de acción, actúa decididamente para arrebatárselo a los legítimos depositarios que dimanan de las elecciones. Esta nueva ciudadanía desconfía de sus autoridades, y de ahí su insistencia insaciable por más transparencia y más información, para así, en teoría, involucrarse más en la toma de decisiones, pero las cosas hay que ponerlas en perspectiva.

Una ciudadanía activa, más cívica, siempre será catalizadora de la concreción de avances sustantivos, pero la misma no está llamada a sustituir a su clase gobernante, sino, a fiscalizarla y fortalecer su ejercicio del poder. Recordemos que la democracia representativa es el sistema en el cual el tenedor del poder político --es decir, los ciudadanos y en su conglomerado el pueblo-- ejercen su poder a través de representantes elegidos para tomar decisiones por un período de tiempo determinado. Esos representantes, los cuales compiten por nuestros votos presentando planes de gobierno y sendas visiones de nación, son los facultados para gobernar, y los llamados a tomar las siempre molestosas decisiones del corto plazo, para un largo plazo más promisorio.

¿Estamos inconformes con esta forma de gobierno? ¿Queremos decidir nosotros mismos todo lo concerniente a la conducción de un Estado? La crítica omnipresente a estos movimientos sociales ha sido que los mismos sólo se involucran en algunos temas específicos, aquellos que se convierten en moda, y que una vez queda desplazado de la agenda nacional se agazapan, hasta que algo nuevo les despierte. ¿Podríamos imaginar las implicaciones de semejante inconsistencia y de tan errática conducta para un Estado?

Tal vez sea estéril imaginarlo, porque la sustitución de la democracia representativa en estos tiempos, y en estas circunstancias, no es posible. Pero, no deja de ser un interesante ejercicio de reflexión para quienes han identificado esto como trasfondo filosófico de esta nueva modalidad de protestar. Sin embargo, cuando consideramos que para dirigir una orquesta sinfónica el maestro debe dar la espalda al público para dar frente a sus músicos y conducirlos, este ejercicio cobra sentido, toda vez que ante tan hostil auditorio se requerirá de verdadera convicción y absoluto convencimiento y firmeza para no ceder ante lo que podría ser la próxima gran movilización. No son tiempos fáciles para gobernar.

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