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Por la vida de un periodista
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Silvio Herasme Peña

Si usted se fijara en retrospectiva y echara un vistazo a los doce años posteriores a la Guerra de Abril, incluida la intervención militar de los Estados Unidos, es probable que acepte como trágica posibilidad  la eliminación física de un periodista en razón a su ideología.  

Aquellos eran tiempos de una gran lucha ideológica en donde el aliado “del bien luchaba contra el diablo rojo del comunismo” y era vital esa lucha sin cuartel para salvar a la humanidad del terrible infierno del comunismo.

Y para un cristiano era cuestión de  vida o muerte embarcarse, al estilo medioevo, en un esfuerzo tesonero para salvar a la sociedad del flagelo ideológico que negaba a Dios y esclavizaba a la sociedad. Ese sino horrible fue derrotado sin bombas atómicas como a los pobres japoneses en el 1945.

Con el paso de los tiempos, no demasiado tiempo es verdad, la gente se ha acostumbrado a la idea de que el periodismo no es un ejercicio rapaz y conspirador que hace peligrar la “esencia de nuestra civilización cristiana”.

Usted lo verá ahora como si se tratara un “un chiste mediocre” sino estuviera de por medio la realidad de los asesinatos de Goyito García Castro primero, y después de Orlando Martínez, y ya “fuera de época” Narcisazo.

Fíjese nomás qué pudieron haber dicho esos periodistas en contra del régimen de los doce años que hiciera sentir en peligro a los autócratas de entonces. Si alguien le hiciera la pregunta respondería sin pensar, “nada”. Y eso es verdad.

Por eso es que resulta absurdo que existan personas tan arrogantes, tan tachadas a la antigua o creerse poseído del llamado divino, de preservar “los valores de la sociedad cristiana”, que sea capaz de matar comunicadores impunemente defendiendo “sus elevados principios”.

No lo tome usted a juego porque con la vida de una persona no se juega y menos ahora se impone la necesidad de aumentar la pena máxima de los 30 años actuales que nadie nunca ha cumplido, a la bicoca de hasta 40 años.  

A quién se le convencería de la idea de que es necesario “sacar del medio” a un periodista que escribe en un sitio, la Web, difícil de que el pueblo se entere y también escribe un libro que sólo ofende a un personaje muy específico.

Sí señor, pese a todo lo que digo arriba, Fausto Rosario ha denunciado nada menos que a  dos generales sin oficio y a otro elemento, que se han reunido para planificar una fórmula que ponga fin violento a su vida. Así lo ha dicho.

Todos le creemos porque ya ocurrió en el pasado y pudiera ocurrir otra vez. Entonces entenderíamos que el tiempo pasa en vano y que hasta los más tenaces arrogantes no aprenden las lecciones de la historia.

¿Pero de qué historia hablamos?... hemos visto que desde el 1996 ninguna autoridad se haya degenerado tanto como para mandar a matar a un periodista de esos fuñones que escriben en la prensa y hablan en la radio y  hasta se presentan en la televisión.  A ninguno.

Entonces, pregunto, ¿se quiere matar a Fausto que no le hace daño a nadie y que se ha dedicado a decir lo que otros callan?...Ah, ahí está el asunto. Es que todavía no se sabe quién y por qué desaparecieron a Narcisazo, si es verdad que le aplicaron el angustioso remedio que según Hamlet Hermann, se le dio a los restos del coronel Caamaño.

Si se aceptara la versión de que quieren sacar del medio al fraternal Fausto, entonces tendríamos que coincidir que aún quedan células “cancerígenas de autoritarismo” en el cuerpo social nacional. Y eso es muy grave.

Porque si son dos los generales involucrados en esa trama en pleno gobierno de Danilo Medina, de cuya integridad nadie osa dudar, entonces no  sólo se quiere sacar del medio a Fausto, sino también de paso, al mismo gobierno nacional, acusándolo quién sabe de qué diablos.

Así de grave veo yo la denuncia de Fausto Rosario, y nosotros, aleccionados por el pasado tendríamos que creer que “el fascismo vive” y que está dispuesto a enseñar “sus garras feroces” arrebatándole la vida a un periodista que ejerce con toda seriedad su profesión y que no se somete a los dictados, o las vanas pretensiones de quienes se consideran herederos funestos de “los sagrados principios  de los Cocuyos de la Cordillera”.

Danilo debe preservar la vida de Fausto Rosario para que después el absurdo de su eventual muerte, no sea una carga ominosa para su régimen. Esos dos generales denunciados, por si las moscas, deben integrar el grupo que, según el ministro de las Fuerzas Armadas, “ahora sobran”.

Ya como generales retirados tendrán que pensarlo dos veces, y talvez tres, antes de ponerse a hablar “piltrafa” sobre quién vive y quién muere en el periodismo dominicano.

Si yo fuera Fausto tomara mis medidas de seguridad, pero sin darle muchas alas a esos criminales irredentos...¿Verdad?.

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