Puntos de vista 23 Junio 2013
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No sabemos hacer campaña sucia
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Ricardo Pérez Fernández
rperezfernandez@gmail.com

Decía el economista y sociólogo italiano Vilfredo Pareto que toda nueva idea no era más que una nueva combinación y reorganización de viejos elementos. Estimo como válida esta aseveración, y la considero aplicable a todas las disciplinas intelectuales de nuestro quehacer. Aplica, definitivamente, a la Ciencia Política, y muy en especial a la subdisciplina de la estrategia política.

Joseph Napolitan, padre de la consultoría política moderna, también se suscribe a lo sugerido por Pareto, e identifica una serie de maniobras estratégicas que -ñsegún él-- comprenden la amalgama de estratagemas políticos que siempre se han aplicado en las campañas en las que se compite por una posición electiva.

Una de estas maniobras estratégicas corresponde a la afamada campaña sucia, y a las múltiples utilizaciones que puede tener. Primero, la estima como un arma poderosa, con potencial catastrófico para el contrario, ya que siempre ha sido y será tarea más sencilla aquella de lograr que los electores voten en contra de algo, en lugar de que voten a favor de algo.  Continúa por definirla con precisión, y la primera salvedad que hace es la de establecer que campaña sucia y campaña falsa no pertenecen a la misma especie. Define como éticamente aceptable el atacar al contrario con cualquier actuación de su vida política o escudriñar su prontuario como persona pública con el  objetivo de magnificar los aspectos negativos. Sin embargo, define como éticamente inaceptable activar e impulsar como tema de campaña asuntos personales o familiares del contrario, y contraindica tajantemente utilizar la campaña falsa, por las repercusiones fatídicas que la misma podría tener sobre quien la promueve, claro está --agrego yo-- en sociedades con altos niveles de civismo.

La campaña sucia, indistintamente del contexto en el que se despliegue, siempre tiene un mismo propósito: definir al contrario --en términos de imagen-- antes de que él tenga la oportunidad de definirse a sí mismo. Cito un ejemplo: La campaña del presidente Obama fue exitosa en definir al candidato opositor Mitt Romney  como un hombre frívolo, desconectado, con ambiciones pecuniarias que iban en detrimento del ciudadano común, desinteresado en los problemas de la gente, calculador, en fin, en un símbolo contrario a los valores tradicionales del pueblo estadounidense. Lo hicieron con éxito, y esto les garantizó la victoria en su intento reeleccionista.

En nuestra República Dominicana aún no se distingue la apreciable diferencia que existe entre campaña sucia y campaña falsa, y entiendo que es así por una razón muy contundente: No existen consecuencias para quienes deciden irse por el camino de la difamación y la deshonra. En épocas electorales se torna común escuchar que uno y otro candidato --o todos-- tienen vínculos con el narcotráfico, o que son líderes de míticas  redes de corrupción, o que son impresionantes lavadores de activos, o que son unos simples malhechores. Y después, todo se olvida, nada pasa, como si el derecho a la honra personal no tuviese valor alguno

Pero no sólo desconocemos la diferencia entre un tipo de campaña y de otra, sino que tampoco entendemos en que consiste su valor estratégico. Con la campaña sucia se intenta definir al contrario, revestirlo de incompetencia y asociarlo a anti-valores que generen rechazo en la sociedad. Sin embargo, toda estrategia tiene reglas de aplicación, y lo descrito precedentemente sólo puede funcionar para quien no haya construido un perfil público; o dicho de otra manera: difícilmente puede funcionar si se trata de aplicar a alguna figura que ya goce del reconocimiento colectivo del electorado. Para fin ilustrativo volvamos al ejemplo estadounidense. Le resultó imposible a la campaña de Mitt Romney definir a su conveniencia al presidente Obama, porque el mismo ya era presidente, y como tal, ya había construido un perfil público.

Ahora bien, digamos que por una misteriosa iluminación o por pura obstinación, usted como político me plantea la decisión de embarcarse en la titánica labor de redefinir la imagen pública de su archirrival, el cual es una figura de un perfil sólidamente establecido. De entrada le diría que intenta arar en el mar, pero si su corazonada es tan fuerte, y le indica que es posible lograr su cometido, entonces le aconsejaría lo siguiente: Si lo va a hacer, trate de hacerlo en torno a algún issue que tenga importancia para el electorado. Es decir, Si el 60% de la población considera los tapones como el principal problema nacional, y el mayor reto para las generaciones venideras, entonces céntrese en la labor de convencer al electorado que su archirrival es el culpable de todos y cada uno de los tapones que se generan en nuestro país. 

Como colofón le diría, probablemente en tono de broma, que no se le vaya a ocurrir tratar de mellar la imagen del contrario con algún tema que no tenga importancia para la gente, a pesar de lo que le diga su instinto. Y de nuevo, con el mismo tono de chanza, le diría algo como “¿usted se imagina tratar de minar la reputación de su archirrival acusándolo de dormilón, cuando sólo un 6% del electorado dice importarle cuanto duerme o debe dormir un político?”. Usted probablemente asienta a mi sugerencia, y le invada una carcajada, pero quizá, dependiendo de quien sea usted, le pique la curiosidad y se pregunte: “¿Será que me aplica aquello de que toda broma tiene algo de serio?”.

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