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El país y sus recursos naturales
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Silvio Herasme Peña

Cualquiera que se preocupe de un país pequeño como el nuestro, debe reflexionar sobre las perspectivas de la sociedad que lo habita con recursos limitados y una población en expansión.

No es necesario pensar ni en cincuenta ni en cien años; podríamos solamente limitarnos a un tiempo menor como serían diez o veinte. Con la población que tenemos, estimada en unos diez millones, y las tierras feraces nuestras, se pensaría que no tendríamos problemas mayores si es que podemos asociar recursos naturales y habitantes, junto a una tecnología sencilla.

La ecuación nos llevaría a pensar en que en realidad tenemos un suelo limitado para una población en franca expansión.

Disponemos de un territorio de unos 48,400 kilómetros cuadrados para alojar una población de aproximadamente diez millones de personas con un crecimiento poblacional de aproximadamente un 2%.

La preocupación es si los dominicanos podrían articular criterios que nos permitan vivir, crecer, y a la vez, preservar nuestro suelo productivamente.

Se dice que nuestra presión poblacional es de 192 personas por kilometro cuadrado.

Debemos partir del criterio de que la familia dominicana tipo es de cinco miembros; padre, madre y tres hijos y que en general solo el padre produce ingresos. La madre trabaja, a veces mucho, pero en el hogar. Con un magro empleo, una educación que no llena las expectativas de los tiempos modernos y, no parecen ser optimistas las posibilidades de la mayora.

Existen ejemplos, como son los casos notorios de Israel y Taiwán, países creados apenas al término de la Segunda Guerra Mundial. Esas dos naciones han sacado fortaleza de sus debilidades y han logrado ofrecer a sus pueblos un crecimiento económico que hoy causa admiración en el mundo. Pero esos logros han sido fruto de la disciplina y de la planificación. Un caso bastante distinto al nuestro que mucho hemos hablado, pero que bastante poco hemos logrado.

Un buen ejemplo es el recurso agua.

No existe la vida sin ese liquido maravilloso, pero es crucial atenderlo, preservarlo y mantenerlo accesible a la sociedad.

Reconocemos que la CAASD realiza ingentes esfuerzos por subsanar las deficiencias de agua potable que sufre la capital. Sin embargo no es el mismo caso el fenómeno eléctrico.

Agua y energía eléctrica se tornan cada vez más difíciles para llegar a las amplias masas populares. Por eso es que somos un pequeño país del tercer mundo con ínfulas que no soportan el más mínimo análisis de la realidad. El desarrollo de una sociedad cualquiera se mide hoy por el promedio de ingreso per cápita, dividiendo el producto interno bruto entre toda la población.

Se pretende que nuestro país goza de unos 9 mil dólares de ingreso per cápita anual, lo cual en primer término no parece realista si analizamos los niveles de ingresos de la sociedad.

¿Cómo pensar seriamente en crecimiento cuando las quejas diarias proclaman todo lo contrario? La puja de los trabajadores por mejorar los sueldos básicos que no llegan a 200 dólares mensuales y el reparto de ayuda social a unos l.5 millones de personas, es un claro testimonio de que andamos bastante mal en cuanto a la salud general de la economía y de la misma población dominicana.

Naciones como México y Brasil han estimulado el crecimiento del segmento más atrasado de esas sociedades mediante la ayuda directa, pero allí existía una economía que daba satisfacción a los más pobres. Se habla ahora de un crecimiento económico sostenido de esos dos grandes países, los de más territorio y población de America Latina.

Ampliar programas sociales improductivos aumentará gran presión a los ingresos en divisas y poco quedaría para invertir en áreas que estimulen las exportaciones y, lógicamente, nuestros ingresos en divisas.

Si bien el gobierno ha proclamado la política de atraer al país unos 10 millones de turistas al año, debe pensarse con franqueza en los alimentos que deben consumir tantas personas mientras disfruten nuestras playas y otros polos turísticos.

No se le puede negar a un turista su alimentación, así sea importada, pero debemos advertir que si no la producimos podríamos estar haciendo un esfuerzo desgastante que poco quedaría para estimular la economía nacional.

El desafío es grave, pero solo autoridades conscientes y un pueblo dispuesto a trabajar, y no a mendigar, podría darle una solución esperanzadora a las generaciones futuras.

El reto no es fácil, pero el país debe vivir de lo que produce haciendo más eficientes los recursos de que dispone.

Todo esto a modo de reflexión.

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