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PENSAMIENTO Y VIDA
Resurrección de Cristo y nuestra
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Fco. José Arnaiz S.J.

En la conmemoración de la Resurrección de Cristo la Liturgia Bizantina canta: Cristo ha resucitado de entre los muertos y con su muerte ha vencido a la muerte. ¡A los muertos ha dado vida”. Proclama de este modo que la Resurrección no es sólo victoria de Cristo sino culminación de su obra. El proyecto de Dios, al encarnarse en un ser humano, no es meramente un proyecto cristológico sino un proyecto antropológico, que es el misterio profundo del cristianismo. Por eso nada ilumina más el cristianismo que la resurrección. En el plan de Dios su descenso al ser humano, imagen y semejanza de Dios, persigue el ascenso de ese ser humano al ámbito divino a través de la participación misteriosa  en la vida divina por medio de la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros, otorgada a nosotros no por nuestros méritos sino por la benevolencia de Dios y los méritos de Cristo.

Este sublime misterio es el trasfondo real del misterio de Cristo y la clave descifradora del cristianismo que aparece y se muestra esplendente en la resurrección. De aquí la importancia teológica y antropológica de la resurrección. Se entiende así el empeño de San Pablo no sólo de reivindicar el triunfo personal del poder de Dios sobre sus enemigos al resaltar la resurrección sino el triunfo nuestro: “La muerte  ha sido absorbida por la victoria, ¿dónde está , oh muerte, tu victoria?, ¿Dónde esté, oh muerte, tu  aguijón?. El aguijón de la muerte es el pecado y la fuerza del pecado es la ley. Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo. Así, hermanos míos muy amados, manténganse firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, teniendo presente que su trabajo no es en vano en el Señor” (1 Cor 15, 55-58).

No hay nada que humille y estremezca más que la tumba sea el final de tanto anhelo e ideal humano y que la grandeza del ser humano quede reducida a su estela y recuerdo.

El mensaje de la resurrección destruye esta visión pesimista e ilumina de qué es capaz una existencia humana vivificada divinamente. Es decir, ilustra que es capaz de una vida eterna y gloriosa. Por otro lado esclarece que en eso consiste fundamentalmente el cristianismo: en dimensionar divinamente el existir humano, haciéndonos partícipes en Cristo de la herencia eterna.

Hay tres verdades, o mejor dicho tres realidades, que es necesario subrayar en el hecho de la resurrección de Cristo: 1ra: que el resucitado no es el Verbo- Dios- que se encarnó en Jesús, sino este Jesús de Nazaret, verdadero ser humano en todo igual a nosotros, menos en el pecado como dice San Pablo; 2da: que la vuelta a la vida , después de haber muerto en la cruz, no es una vuelta a la vida pasible y mortal, sino a una vida gloriosa, inmortal e impasible; y 3ra: que esto se debió no a virtualidad alguna de su ser humano, sino al poder del Espíritu Santo que habitaba en él por su unión hipostática con el Verbo o segunda persona de la Santísima Trinidad. “El Espíritu Santo, que habitaba en El, fue quien resucitó a Cristo” dice San Pablo a los Romanos en su célebre carta en el capítulo 8.

Ahora bien, supuesto esto, San Pablo arguye coherentemente: “Pues, bien, si el Espíritu Santo de aquel que resucitó de entre los muertos, habita en Ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús, también dará vida a los cuerpos mortales de Ustedes en virtud del Espíritu Santo que habita en Ustedes” (Rom. 8, 11)

La vida eterna y gloriosa, según esto, que nos espera no es una irrupción repentina en el momento de la resurrección, sino la culminación espléndida de nuestra vida terrestre en el Espíritu Santo. Es el fruto de haber renacido por el bautismo.

Todo esto es, ni más ni menos, lo que al inicio de su vida pública quiso explicarle Jesucristo a Nicodemo. Nos lo narra el evangelista San Juan. A Nicodemo, hombre versado en la Ley y principal entre los judíos, le habían impresionado las enseñanzas de Jesús y vino a reconocerle su calidad de Maestro de Israel.  Jesucristo aguantó a pie firme el sincero testimonio de Nicodemo, pero con tacto y suavidad le corrigió el planteamiento. El era en verdad Maestro, pero eso no era lo fundamental y hondo, lo más específico de su misión y obra. El era, ante todo, el Salvador de la humanidad.

Su presencia en la historia no era simplemente para mejorar éticamente la vida de los seres humanos. Era para infundir en ellos una nueva vida, vida divina, culminación y apoteosis de la creación. Ese mundo visible y sensible, que en progresivos ascensos, salta de lo mineral a lo vegetal, de lo vegetal a lo animal y de lo animal a lo humano. Finalmente, por obra y gracia de Dios, salta de lo humano a lo divino para perderse gloriosamente en lo eterno y divino. ¡Evolución sublime ascensional que pasmó al fino genio de Teilhard de Chardin y le hizo dedicar toda una vida a explicar este fenómeno!

El encuentro de Nicodemo con Cristo nos lo narra con deliberada intención y detenimiento, Juan. Es un pasaje de honda teología que trata de descifrar el núcleo del misterio cristiano. Dice así San Juan:”Había un fariseo de nombre Nicodemo, principal entre los judíos, que vino de noche a Jesús y le dijo: Rabí, sabemos que has venido  como maestro de parte de Dios, pues nadie puede hacer esos milagros que tú haces si Dios no está con él”. Comento: A Nicodemo escapa la verdadera personalidad de su interlocutor. Desconoce que es Dios mismo, hecho hombre. Cree que es un gran Maestro de Israel con palpable ayuda y protección de Dios. Juan, muy amigo de símbolos, dice que vino de noche. De noche en el exterior y de noche en el interior de su espíritu.. Cristo le va a llenar de luz esa oscuridad interior

Prosigue San Juan:”Respondió Jesús  y le dijo: en verdad, en verdad te digo que quien no naciera de arriba no podrá entrar en el reino de los cielos. Le díjo Nicodemo:¿cómo puede el hombre nacer siendo viejo?,¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y volver a nacer?. Le respondió Jesús: en verdad, en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos. Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu es Espíritu. No te maravilles que te haya dicho esto: es preciso nacer de arriba. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo nacido del Espíritu Santo”.

Comento: la vida divina no puede ser injertada en el pecado. Es necesario eliminarlo previamente. La salvación, la participación en la vida divina exige la redención, la desaparición del pecado, el “agua purificadora”. El Espíritu Santo  en nosotros inspira y trasforma, pero jamás obliga ni suplanta a uno. Respeta siempre nuestra autodeterminación. Dios no hace esclavos ni robots.

Prosigue el texto de Juan: “Respondió Nicodemo y dijo: ¿cómo puede ser esto?. Jesús le contestó: ¿Eres Maestro de Israel y no sabes esto?. En verdad, en verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos. Y de lo que hemos visto damos testimonio, pero Ustedes no aceptan nuestro Comento. Cristo lo que quiere decirle a Nicodemo es que le está hablando de cosas que sobrepasan la razón humana,  que la rebasan; y que no es extraño que no las entiendan ni las acepten, cuando aun las sensibles y perceptibles las rechazan los seres humanos. Dos planteamientos, según esto, hay en las palabras de Jesucristo: 1ro: el profundo misterio cristiano es un misterio de fe; 2do: el rebasamiento de la inteligencia humana no es argumento para su rechazo sino prueba de la pequeñez y debilidad del entender de los seres humanos.

Añade San Juan: (dijo Jesús) Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que el Hijo del hombre sea levantado para que todo el que creyere en El tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que le dio su Unigénito para que todo el que crea en El no perezca sino que tenga vida eterna. Pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo sino para que el mundo sea salvo en El. El que cree en El no es juzgado. El que no cree ya está juzgado porque no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios. Y el juicio consiste en que vino al mundo y los seres humanos amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras era malas. Porque todo el que obra mal, aborrece la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas. Pero el que obra la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifestadas, pues están hechas en Dios” (Juan 3, 1-21)

Los mismos planteamientos, sólo que con su característica densidad, los expone San Pablo a su discípulo Tito.

Pablo quiere presentarle en síntesis el misterio cristiano vinculado radicalmente con el hecho de la resurrección de Cristo. Cuando un pequeño grupo insensato negó la resurrección, la reacción de Pablo fue airada: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe y yo soy un charlatán” Pablo condensa así el misterio Cristiano:: “ Dios, no por las obras justas que hayamos hecho  nosotros sino en virtud de su benevolencia nos ha salvado  a través de un bautismo (de una purificación) que produce en nosotros una nueva vida o regeneración, por medio del Espíritu Santo, infundido abundantemente en nosotros por Jesucristo nuestro Salvador. Santificados de este modo gratuitamente somos herederos de la vida eterna” (Tit. 3, 5). 

La resurrección de Cristo esclarece el plan de Dios para la humanidad, la esencia de la salvación, el misterio cristiano y, lo más específico y hondo, de la fe católica.

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