Puntos de vista 2 Marzo 2013
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Una lección para la historia

José Bobadilla

Miércoles 27 (de febrero), por las apariencias, un día cualquiera. La agenda oficial anunciaba el ritual de una celebración de Estado que agotaba lo de siempre: el consabido recuento de una gestión gubernamental cumplida; las gracias a Dios, que con las amonestaciones y parabienes protocolares, jamás debía faltar; y el desfile de los cuerpos castrenses, acto en la paz de mostrar garras y colmillos entre vítores festivos de la gente apasionada por una lucida parafernalia de fuerza que al divertir hiciese saber. En principio, así fue. Ni siquiera (quizás por la inclemente sequía) la fuente de la rotonda la pusieron a rebullir. El himno entre cañonazos solemnizó la llegada del Sr. Presidente. Y por fin, la puesta en escena donde el protagonista de un guión sólo podía ser él.

El discurso comenzó. ¿Seis meses de gestión?... ¿Tan sólo ciento ochenta días en el poder?... La única expectativa cabal se quedaba en reiterar la acción en promesas, habida cuenta de que todo el tiempo que corresponde está por acontecer. Sin embargo, no fue ni pudo ser así. Desde un primer momento, agotados los regüeldos de la espera de una transición en la cual no se colaron de manera absoluta informaciones morbosas, el nuevo gobierno hizo lo que nadie esperaba, ser desde ese momento y para siempre únicamente Él.

Como un acto brillante de la magia más experimentada, con la sencillez de colocar sobre el tapete la literalidad de la palabra empeñada, escribió la historia de sus actos dándole al hecho de gobernar un radical cambio de dirección (y dimensión). Primero que nada estableció una demoledora puntualidad. De ninguna forma, con responsabilidad y respeto, se consentiría el desparpajo de hacer esperar por nada y a nadie un minuto de más sobre la hora fijada. Si el Sr. Presidente convocaba a las diez, era a la diez. Hubo más de una historia de trifulcas, bravatas y bastonazos sufrido por los porteros y una seguridad tan gentil como firme, de que iniciada una labor común de estado, no existía poder sobre la Tierra en capacidad de vulnerar lo que ahora se convertía en Ley. ¿Le quedaba a todos bien claro? Quien llega tarde pierde su autoridad. Y la autoridad no es o debe ser arbitrariedad. La autoridad es respeto, firmeza y consideración sujetos gracias a la voluntad de un propósito común.

Ser la cabeza de algo implica merecer esa posición, y para ser dignos de lo que otros nos delegan, esa cabeza debe ganarse la confianza y el respeto de los demás.

Algo tan elemental, sostenido con la debida inflexibilidad, principió por hacer creíble un rol en virtud a una regla de oro que al brindar el amparo de su seguridad no consentía dudas posibles sobre su decisión a favor de una norma que diera por sentada la verticalidad de un saludable control.

Lo segundo: ¿cuáles fueron los compromisos adquiridos? Si otros creyeron y con su voto se hicieron valer, bajo ningún concepto un jefe de Estado podía continuar manteniendo el tradicional abismo cesáreo entre su trono y la voz quejumbrosa de la gente. Ningún presidente se compra o se le otorga una patente de corso para esconderse en una omnímoda titularidad. Un Primer Magistrado, en democracia, es simplemente un primero entre todos por la obra y la convicción de sus subordinados, a quienes no es posible, sin pagar un alto precio, traicionar. Hora tras hora, día entre días, semana sobre semana, era indefectible acudir fortaleciendo los mismos puentes que en un proceso electoral se transitaron en una dirección. Correspondía entonces dar vuelta a los pasos, y con lo prometido en la mano, ESCUCHAR, ENTERARSE, COMPRENDER para que las acciones jamás se encauzaran por senderos ajenos a las necesidades imperiosas de un pueblo a quien había que devolvérsele la confianza en su dignidad.

Danilo Medina simplemente hizo lo que le ha correspondido. Haciendo trizas de una presencia (cuando se ha dado) tan costosa como popupalechera, quiero decir vil; inopinadamente llegó a cualquier parte y circunstancia con un sencillo AQUÍ ESTOY. 

Y haciendo amarres entre lo minúsculo con lo enorme, abrió exclusas y compuertas hacia la educación. De igual manera desde un primer día, hundió sus brazos hasta los hombros en el sector pecuario; cerró desde la herida de su raíz escapes dolosos haciendo harto difíciles prácticas de lucro que han convertido a la actividad política en una industria perversa. Y encarando con valor prudente, puntualizó: sensatez sin vacilaciones; puso sobre el tapete el peliagudo tema del Sur y su patética urgencia, así como, luego de escuchar todo lo que debía, decidir lo correcto sobre nuestros recursos mineros, ahora en la cresta de la ola de un funesto contrato con la Barrick Gold.

El Sr. Presidente, sin prisa alguna, en su alocución fue colocando una sobre otra las piedras que en el orden de su importancia hacían el montículo que era menester mostrar. Sin aspavientos ni desperdicios dejó el peñón (como una espléndida coda final) para dar cima a una comparecencia que al invocar con la más sólida razón el interés nacional, diluyó con certinidad absoluta colorines partidarios para colocarse sin discusión a la cabeza de todo un país. Su discurso literalmente dejó a la República sin banderías políticas haciéndonos crecer como nacionales, como dominicanos.

Tal proeza, sin precedentes que recordemos, no pudo verse jamás como otra cosa que como un lucidísimo homenaje de razones impostergables a su gran maestro, quien cincuenta años antes, juraba desde ese mismo sitio, como primer Presidente Constitucional tras una larguísima dictadura: JUAN BOSCH.

En ningún momento de lo que le tocó decir dejó traslucir un reclamo a despecho, una palabra o argumento inoportuno, una frase díscola o vacua, como suelen gastarse tantas y frecuentes sandeces de oropel (florituras culpables) que de igual manera causan risa, tedio y dolor. 

La rendición de cuentas del Presidente al Congreso fue una pieza de una virilidad acabadísima, la que al constituirse en estandarte y ejemplo para la nación, dio un recio motivo que hace que la certeza en el destino que merecemos y nos aguarda a cabalidad en sus manos, sea un horizonte factible que no admite dilación.

Señor Presidente, me ha dado muchísimo más que una razón para creerle, quiero decir, para tener la fe en nosotros mismos, el coraje de una gran esperanza en nuestro país. 

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