La
democracia está en algún lugar entre Venezuela y el Vaticano. Los dos grandes temas –la muerte de
Hugo Chávez y la renuncia del Papa Benedicto XVI- ponen en evidencia cómo, aún
en los sistemas de más arraigo ciudadano, se derrumban las columnas que no
están sustentadas en un verdadero ejercicio de la transparencia.
En la Santa Sede –donde cuestiones
muy alejadas de la beatitud hace hervir de intrigas al centro de la fe católica-
la filtración de documentos bancarios y los esfuerzos realizados para el
ocultamiento de crímenes y delitos en la curia han estremecido a una de las
instituciones más fuertes de la humanidad.
En Venezuela, la de Bolívar y
Chávez, a pesar de las múltiples demostraciones democráticas a través de la celebración de comicios, los remanentes de la influencia del
poder mesiánico –nadie más aspire mientras el líder respirellevaron a un
desmejorado Chávez a querer retener por sí mismo el gobierno en vez de preparar
un relevo.
En ambos casos, el deseo de ocultamiento de la
verdad en plena era del conocimiento resultó en un desastre para el statu quo.
En sus paseos por Castelgandolfo, el Papa
Emérito podrá reflexionar sobre sus fallidos intentos de contener los secretos
que ya no tardan siglos en conocerse.
Es como si Dante tuviera una cuenta de Twitter y
pudiera filtrar los horrores de quienes debían ser santos y, por el contrario,
ardían en el infierno.
En Venezuela, el “presidente encargado” cobra los
frutos del dominio absoluto conquistado por un Chávez que cambió la vida de un
pueblo al que no le quedaban esperanzas. Aunque ahora victoriosos, los chavistas
tendrán que revisar los métodos que mantuvieron en vilo a una población que
vibra por su héroe embalsamado, al que en su momento sacaron del destierro de
un golpe de estado a fuerza de voluntad ciudadana.