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El azar la noche del 30 de mayo de 1961
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Tony Raful

El plan orquestado para ajusticiar al tirano Rafael Trujillo Molina supuso la materialización de dos fases complementarias, una de ellas era dar muerte al dictador y la otra llevar su cadáver ante el secretario de las Fuerzas Armadas, general José René Román Fernández, quien así lo exigió, para dar cumplimiento de inmediato al Golpe de Estado que desplazaría del mando político del Estado a la maquinaria de la familia Trujillo y allegados. ¿Por qué el general Román pidió ver el cuerpo inerte de Trujillo como condición para actuar e iniciar el Golpe de Estado? Para el general Román, su papel determinante estaba condicionado por el vacío de poder que significaba la desaparición física de Trujillo. Su acción quedaría legitimada por el hecho consumado. Ante la muerte del dictador como hecho incontrovertible, la nación sufría de inmediato una desestabilización del poder omnímodo. Trujillo era el “jefe” en términos absolutos, nadie le disputó esa hegemonía ni ese espacio unipersonal de decisiones durante más de treinta años. Pudo haber exclamado como el rey Luis XIV, “el Estado soy yo”. Y lo era, en todo el significado funcional de la administración y de las decisiones políticas. La muerte de Trujillo obligaba a Román a desempeñar un papel estelar. Era el militar de mayor poder y rango, era el secretario de las Fuerzas Armadas, era el esposo de una sobrina de Trujillo. 

Luis Amiama Tió, su compadre y amigo íntimo, logró seducirlo con la idea, de que el cónsul norteamericano en el país, había dado el “visto bueno” para que, ante la muerte de Trujillo, encabezara el nuevo gobierno a sucederle. Román no estableció vínculos conspirativos formales con el grupo liderado por Antonio de la Maza, esa fuerza de la naturaleza, obstinada y decidida a vengar la muerte de su hermano Octavio, cuyas consecuencias se convirtieron en patrióticas al liberarnos de la dictadura. Luis Amiama lo era todo, estratégicamente, para el grupo tiranicida. Era el sujeto clave de la segunda fase. Era a través de él, que Román participaría. Era su garantía. Román nunca se reunió con ninguno de los dos grupos que accionaban la gesta del 30 de mayo para hablar de la conjura. En la celebración de su cumpleaños, meses antes del 30 de mayo, Juan Tomás Díaz se le acercó para felicitarlo doblemente, y cuando Román indagó por qué, le dio la noticia de que los norteamericanos habían aprobado su nombre para encabezar el nuevo gobierno dominicano. La noche del 30 de mayo de 1961, después de acompañar a Trujillo a su paseo y visitar a San Isidro, Román se puso la pijama para dormir, sin la menor idea de que esa noche se estaba efectuando la emboscada al tirano. Entonces ocurrió un cisne negro, el azar. El general Arturo Espaillat, había salido con su esposa, a tomar aire fresco y comprar refrescos a su hijo, dirigiéndose al restaurante El Pony, próximo a la Feria Ganadera. Espaillat presenció el último combate de Trujillo, llegó tan cerca (él mismo lo relata) que vio al “jefe” disparando detrás del automóvil y avanzando temerariamente. ¿Qué hacía el general Espaillat en el teatro de los acontecimientos esa noche? ¿Por qué no se detuvo en el campamento militar de la Feria, a escasos kilómetros, para pedir ayudar y salvar al tirano? ¿Por qué se dirigió a la casa de Román, a quien hizo levantar de su cama, sacarlo de la casa y frustrar la segunda fase del plan, el Golpe de Estado que debió encabezar esa noche el secretario de las Fuerzas Armadas? ¿Por qué Luis Amiama no estaba en la casa de Román, garantizando la llegada de los conjurados y asegurando la participación de Román, cuya palabra estaba esencialmente empeñada con su compadre Amiama? Espaillat dijo en sus memorias que Román debió pegarle un tiro, pero, ¿y si la versión de Espaillat no era cierta, si hubiese sido un “gancho”, engañifa corriente en la Era para probar a los leales? La prueba de la duda de Román queda establecida, cuando se dirige con su escolta a la autopista a comprobar la afirmación y la encuentra desierta.

El azar la noche del 30 de mayo de 1961 fue decisivo. Todas las tentativas perdieron el “momento”; las dos horas fundamentales para las acciones, rota la comunicación entre los héroes y Román, por la presencia de Espaillat. No hubo ni hay la menor prueba o indicio de que Espaillat cumpliera ninguna misión asignada en el escenario del ajusticiamiento. Fue el azar, lo impredecible, torciendo el rumbo de la historia, adquiriendo categoría histórica. 

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