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El Presidente que siempre quiso ser
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Ricardo Pérez Fernández

Sin la prudencia y las claudicaciones forzosas que le habían impuesto unas condiciones políticas adversas; sin la precaución que exigía un panorama enrarecido, donde un racismo disimulado y un fundamentalismo conservador dieron vida a extremismos que intentaron boicotear todo lo proveniente desde su litoral; y sin la cautela que aconseja una demostrada adicción al consenso, el presidente Obama pronunció un discurso de toma de posesión que lo consagró como lo que siempre, de manera despectiva, se le ha imputado ser: un adalid de la ideología liberal.

Embutido en la coraza que desarrolla todo político expuesto constantemente a rechazos y cuestionamientos, y escudado por el halo de libertad que reviste a un presidente que observa, aparentemente impávido, el último capítulo de su historia política, el presidente Obama reveló sus cimientos auténticamente liberales, centrando su discurso en los valores fundacionales de la libertad y la igualdad.

Esos valores, contenidos en la declaración de independencia del 4 de Julio de 1776, los que otrora llevaron a la abolición de la esclavitud, hoy, son sobre los que el Presidente Obama busca sustentar su visión de nación.

Su perspectiva combina elementos exclusivos de la agenda liberal, con el pragmatismo que deviene de contextualizar y adaptar lo dicho ayer, a las realidades de hoy. Valiéndose de las ideas originarias de la nación forjada por los Padres Fundadores, vindicó como legítima y conminatoria la necesidad de combatir la pobreza y la marginalización; de perseguir la paz a través del dialogo; de enfrentar la probada realidad del cambio climático, y de lograr equidad laboral para mujeres y minorías.

En una proclamación atrevida, y controversial en nuestros días -pero destinada a casarse con la gloria postrera- anunció a su pueblo y al mundo que la lucha por la igualdad de derechos es una y única, equiparando los acontecimientos de Seneca Falls, Selma y Stonewall, sugiriendo con esto, que la lucha por la igualdad de género, la igualdad racial, y los derechos de homosexuales, no guardan entre sí ninguna diferencia. Y que desde luego, si los Padres Fundadores -aquellos venerados como cuasi-dioses paganos por los ultraconservadores- proclamaron que todos somos creados iguales, entonces todos debemos de poder aceptarnos y querernos como iguales.

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