Hoy muchos le dirían tonto con “p”, por haber traido la devuelta de los mil pesos que le asignaron para cumplir con sus deberes militares en el Sur.
Hoy algunos propondrían llevarlo a terapia psicológica por pedir a su familia que se despojara de sus bienes para una causa social, por haber “desperdiciado” la inversión en educación que hicieron sus padres para mandarlo a estudiar a Europa y Estados Unidos para estar haciendo militancia dizque por la democracia.
Sus amigos, muchos, dejarían de serlo.
Como innovador que fue, si viviera hoy usaría las redes sociales, haría cortometrajes con celular y reproduciría su pensamiento en 140 caracteres inspiradores.
Juan Pablo Duarte fue un rompedor. No quiso acogerse al molde que el destino le tenía deparado a un hijo de comerciante y privilegiado de tez clara en un lugar en que, 200 años después, eso sigue siendo un beneficio.
Aprendió esgrima, se hizo militar, estudió estrategia, manejó varios idiomas, fue músico y poeta, pero sobre todo fue un joven inquieto que entendió que alguien tenía que empezar -aunque fuera de tres en tres- a conspirar para que lo que entendía como su patria fuera un espacio abierto, democrático, de respeto a la diversidad pero firme en sus convicciones y pleno de creatividad y desarrollo.
Me gusta imaginar a ese Duarte roscaizquierda, joven de cabellos ensortijados y mirada inquieta, conversando con vehemencia con sus camaradas, involucrando también a las mujeres en la causa libertadora.
Ojalá ese muchacho de acción sea el que imitemos cada día para que Quisqueya sea feliz.