Cuando
nos sucede algo malo, aparecen la angustia y el dolor, y también el miedo al
dolor, al sufrimiento.
Algunos de los males decisivos que
aquejan al ser humano son inevitables y está fuera del alcance de nuestras
manos poder controlarlos. Tal vez el mayor de ellos es ver morir a un ser
querido y saber que no podemos hacer nada. Aceptar con la cabeza es posible,
más difícil es aceptar con el corazón, sobre todo en casos en que los padres
sobreviven a los hijos.
Así como el dolor es parte de la
vida, aprender a vivir con él es una necesidad para seguir adelante. No se
trata de resignarse por el simple hecho de hacerlo, sino de aceptar con
valentía lo que ocurre.
Puede sonar fácil al decirlo, pero
sabemos que no lo es. Algunas filosofías plantean que los males inevitables hay
que soportarlos y reservar nuestra energía para evitar los males evitables.
Incluso nos exhortan a entrenarnos para sufrir lo menos posible. Entre los que
enarbolaron esas ideas estaba Aristóteles.
Epitecto, filósofo griego de la
escuela estoica y que vivió parte de su vida como esclavo en Roma, dijo: “No
busques que los acontecimientos sucedan como tú quieres, sino desea que,
sucedan como sucedan, tú salgas bien parado”.
En la vida un buen número de cosas
no dependen de nosotros, pero hay algo que sí está en nuestro poder, el modo de
reaccionar ante lo que nos sucede.
Sin ánimos de minimizar las cosas,
debemos entender que el sufrimiento enseña a enfrentar las desgracias. A veces
creemos que no podemos soportar un golpe más y nos lamentamos, lo que provoca aún
más dolor. Cuando nos veamos en esas encrucijadas, es recomendable alzar la
vista hacia quienes pueden enfrentar con valor la más absoluta de las
adversidades.
La historia de la humanidad está
llena de esos casos; seguro que conocemos ge