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PENSAMIENTO Y VIDA
La crónica de Belén
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Francisco José Arnaiz S.J.

Todo lo que hoy sabemos fidedignamente sobre el nacimiento de Cristo en Belén se lo debemos a Lucas, autor del cuarto evangelio. El relato adquiere, por esto, un interés e importancia especial. Sin embargo, quien no sepa leer correctamente esa crónica puede quedar defraudado al leerla o al no percibir, al menos, lo principal de ella.

Muchos querrían tener en las breves páginas lucanas un relato pormenorizado del suceso: que hicieron minuto a minuto María y José; de qué hablaron; cómo se acomodaron en Belén; qué hicieron con el niño recién nacido etc. Todo esto se encuentra con suma parquedad en el texto. No era su objetivo, al trasmitirnos el suceso del nacimiento de Jesús, lo cual no destruye su calidad de historiador.

Para nosotros, hoy, Historia es la presentación de lo sucedido hecha con la mayor fidelidad posible, ya que el fin de la historia es salvar del olvido los hechos tal cual sucedieron y las personas tal cual realmente fueron. Dar interpretaciones de los hechos y personas es hacer Filosofía de la Historia, hacer Psicología o Antropología. Adornar los hechos e introducir elementos ficticios o imaginarios es novelizar la historia y hacer más bien Novela Histórica que Historia o Biografía.

No es ésta, sin embargo, la concepción histórica de la Biblia ni la concepción griega. La Biblia presupone que Dios está presente y activo en la Historia de la Humanidad. Por ello no hay historia profana sino que toda Historia es Historia sagrada. Más aún juzga que lo principal en la historia es la acción de Dios en ella. Dicha acción es “salvadora” porque va librando a la Humanidad del mal, de la caducidad y de la mera inmanencia. Según esto, el principal trabajo del historiador bíblico es descubrir esa acción divina en los hechos y en las personas y hacérsela  ver y sentir a sus lectores.

Los griegos tienen también su modo peculiar de hacer historia. En ella hay que testimoniar los hechos. El modo de presentarlos es ya problema de arte literario. Cabe, por eso, alterar el orden y no es ajeno a su quehacer histórico el introducir técnicas literarias: sentencias no dichas por los personajes históricos, discursos no pronunciados, himnos que cuadran muy bien y ficciones literarias.

Lucas es historiador bíblico e historiador griego. Hijo de padres griegos, había nacido en Antioquía de Siria y su formación literaria, como aparece en su obra, fue clásica griega. Más tarde, bautizado hacia el año 40, su formación cristiana fue “judío-cristiana” y todas las fuentes que usó para su evangelio, orales y escritas, fueron judías. Lucas, sin ir más lejos, incorporó a su obra el 61%  de los 661 versículos del evangelio de Marcos. Pablo de Tarso ñsu guía, padre y maestro, cuya Cristología es la Cristología de Lucas, era judío-griego.

Puesto todo esto en claro, se entiende perfectamente cómo sin dejar de ser historiador ñcronista y biógrafo de Cristo- logra hacer de su historia una catequesis que es su principal objetivo. Mejor aún, lo que él pretende hacer a través de esa historia es una profundización de la fe cristiana ya abrazada.

“Muchos -dice en su importante prólogo- han sido los que han pretendido escribir los sucesos que han ocurrido entre nosotros, según nos los han transmitido quienes desde un principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra. Por eso yo también, después de haberme entregado a la búsqueda diligente de los hechos, me he decidido, Oh Teófilo, a ofrecerlos ordenadamente, a fin de que conozcas la firmeza de las enseñanzas en que has sido catequizado”.

Su actitud, pues, de historiador bíblico y de historiador griego queda patente y confirmada por él mismo. Y queda garantizada su seriedad y responsabilidad de cronista fiel.

Gracias a esto, sabemos hoy con seguridad que Jesús nació en Belén, Beth-lahamu en tiempo de los Cananeos y Beth-lehem; “Casa de Pan” en tiempo de los hebreos, donde nació David, pueblo insignificante y pobre, lugar de paso para las caravanas que se trasladaban de Jerusalén a Egipto. Sabemos que nació en Belén incidentalmente por haber tenido que ir allá María y José por pertenecer a la familia de David, en virtud del censo oficial impuesto por César Augusto. 

Sabemos que, al no haber en la posada habitación privada o particular para ellos, tuvieron que ir a un lugar retirado; que dicho lugar fue tal vez una especie de casa-gruta natural, abierta en la pendiente de una ladera con ligero muro exterior en el que solía existir puerta y ventana; que, al nacer el niño, sin más testigos, María lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pequeño pesebre o tal vez en una pequeña “cuna portátil”. 

Wabnitz ha defendido que “fatné”, que es la palabra, que usa Lucas, no significa necesariamente “pesebre”, sino que significa también “cuna portátil”, que puede aún verse en las casas orientales. 

Sabemos, también, que una vez nacido el Niño, Dios comunicó la noticia a un grupo de pastores y que les hizo entender su personalidad verdadera y su misión; que ellos fueron inmediatamente a visitarlo; que volvieron entusiasmados de lo visto, divulgando la noticia por toda la comarca y dejando a todos admirados con lo que contaban: y que la Madre del Niño reflexionaba sobre todo aquello en oración.

Este es el testimonio histórico de Lucas, hecho, por supuesto, a gente familiarizada con tales sucesos. Quizás esto explique su brevedad. Si se estudia, sin embargo, profundamente el relato, más que su brevedad llama la atención la insistencia en ciertos elementos y la supresión de otros. 

Hay un sutil manejo de los acontecimientos de acuerdo a un fin determinado: la exaltación a un fin determinado: la exaltación del humilde y la reivindicación sincera y amorosa del pobre.

Esto que pudiera parecer intuición  y conjetura al principio se convierte en claridad y convicción, cuando se compara el relato del nacimiento con la totalidad del evangelio de San Lucas. Su evangelio ha sido llamado “el evangelio de los pobres, de los necesitados y de los humildes”, “el evangelio de la renuncia absoluta y de la pobreza”.

Tal tema está presente  en las partes de su evangelio: en la parábola del hombre rico y de Lázaro; en la mujer pecadora;  en el hijo pródigo, en la viuda de Naim; en la mujer arrepentida, en  el buen ladrón. 

Lucas enseña que para recibir la salvación de Cristo, no se requieren riquezas ni prestigio, ni abolengo israelita, sino solamente entrega a Dios, confianza absoluta en Él. El que quiera seguir de veras a Cristo Nuestro Señor debe dejarlo todo y cargar con la cruz de cada día. Los apóstoles siguieron a Cristo dejándolo todo. Las riquezas no nos deben esclavizar y en el desprendimiento de corazón de ellas está la felicidad del ser humano. 

Por otro lado, su evangelio es también “el evangelio de la oración”. Presenta a Jesús orando antes del bautismo, antes de la elección de los apóstoles, antes de la transfiguración, antes de la Pasión y en la cruz. Él es Maestro de oración y es presentado por Lucas dejando continuamente lo que está haciendo para dedicarse exclusivamente a la oración.

De acuerdo a todo esto, ya no es de extrañar que presente a Dios Niño y al Niño pobre, de padres humildes y sencillos, rodeado de circunstancias especiales de abandono y pobreza, llamando a visitarlo a gente pobre (los pastores) y haciéndoles a ellos, a los pobres, proclamadores de la gran noticia en toda la comarca.

Y tampoco es de extrañar que presente a su madre María en todos los sucesos en actitud recogida orante.

Es esta la acción de Dios que quiere resaltar en los hechos de los seres humanos Lucas, el único cronista de la Navidad. Una crónica, por otro lado, llena de emoción contenida y cargada de sutil misticismo. 

Dante, sobrecogido por la fragancia, serenidad y delicadeza de Lucas, lo llamó en la Divina Comedia “el escribano de la mansedumbre divina”, Y San Jerónimo había dicho antes que siempre que en la Iglesia se leía el libro de Lucas, médico, un dulce aroma medicinal refrescaba el corazón de los oyentes.

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