Puntos de vista 1 Diciembre 2012
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PENSAMIENTO Y VIDA
Cualidades del que cree en Dios 
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Fco. José Arnaiz S.J.

Vuelvo una vez más a mi admirado Jean Guitton y completo un artículo anterior. En él decía que Jean Guitton en su  libro “Mi pequeño Catecismo”,  bajo el título de “Reglas de vida” había distinguido siete “cualidades”, cuatro llamadas cardinales y tres llamadas teologales porque nos ponían en comunicación con Dios. Sobre estas voy a escribir.

Jean Guitton introduce  así el tema: “Te voy a describir ahora las tres cualidades principales del que cree en Dios. Son la fe, la esperanza y la caridad”.

Cuando abres los ojos y ves el  sol, a esta acción se le denomina VER. Cuando el profesor te dice que él es 322,000 veces mayor que la tierra, pues la ciencia lo demuestra, aunque tú no puedas verlo, se llama a esto SABER. Por último, si una mujer te dice que te quiere, tu  madre por ejemplo, aunque no pueda demostrártelo y aunque tú no lo veas, aceptas esta palabra y a esto se llama CREER. 

SABER es más hermoso que VER, Pero CREER es mucho más hermoso todavía que SABER, ya que en el acto de creer hay mucho amor. Ver es una operación hecha por los sentidos. Saber es una operación hecha por la inteligencia. Pero creer es una operación  hecha por la voluntad, y es el más alto grado de la voluntad que es el amor. Ahora bien, hay algo más en la inteligencia que en los sentidos; y  hay algo más en el amor que en la sola inteligencia. Tú dices: Yo creo en Dios, porque tú no ves a Dios. Cuando dices “creo”, das tu confianza, tu amistad y tu amor. Se cree en una palabra, se cree en una promesa. Abraham, a quien Dios había prometido una inmensa  descendencia, recibió la orden de inmolar a su hijo único que se llamaba Isaac, una orden absurda, odiosa inclusive. Pero Abraham creía en Dios y pensaba que la orden de Dios era una orden inspirada por el amor. Obedeció, pues,  sin ver y sin saber. Por esto llamamos a Abraham el padre de todos los que creen. En el último momento, Dios impidió que Abraham hiriese a Isaac. Dios puso a prueba la fe de Abraham para medir la profundidad de su amor. Los musulmanes, los judíos y los cristianos tienen a Abraham por su padre común. La fe, que es también un acto de amor, consiste en admitir que Dios no nos engaña, que nos dice siempre la verdad, sin que nosotros podamos verificarlo. La fe es una prueba: nunca tenemos la comprobación matemática de que la fe es verdadera. Pero esta prueba hace que tengamos a cada instante la ocasión de probarle a Dios  nuestra confianza en él.  La fe nos enseña que Dios nos ama. Ahora bien, cuando sufrimos, la bondad de Dios nos parece una idea absurda; vemos el mal que hay por todas partes en el mundo, sobre todo el sufrimiento de los inocentes y de los justos. La fe consiste, he dicho, en caminar por la noche a la claridad de una estrella, como se cuenta de los reyes magos que “buscaban la luz con la luz”. Dicho de otro modo, la fe en la palabra de Dios es una prueba de amor, pues la fe y el amor no se pueden separar. La fe lleva al amor y el amor lleva a la fe. Esperar es creer en el porvenir, y, cuando se es cristiano, es creer que el porvenir, si tenemos un corazón puro, nos traerá grandes alegrías. La esperanza se funda en la bondad de Dios que nos ha creado para hacernos felices.  La esperanza conduce  al acto de confianza que suele llamarse abandono. Cuando tú te duermes, te abandonas. Has trabajado, has hecho todo lo que has podido y de todo corazón. La noche cae sobre la tierra. Entonces tú dices a Dios: espero en Ti, Señor. Te confío todo lo que está bien en lo que he hecho, para que Tú lo conviertas en algo mejor todavía. Te entrego todo lo que está mal en lo que he hecho para que tú me lo perdones. 

La esperanza es la virtud del arrepentimiento. Por grandes que sean nuestras faltas, hay que creer que la bondad de Dios es todavía más grande. Jesús fue traicionado por uno de sus amigos llamado Judas. Pero la falta de Judas no fue tanto traicionar a Jesús como creer que no estaba perdonado y ahorcarse. Al contrario, el apóstol Pedro, que había renegado de Jesús, creyó que Jesús lo perdonaría y se convirtió en el Jefe de los apóstoles. El que espera emprende obras que sobrepasan la duración de su vida, pero que son necesarias para la construcción de las ciudades. Siembra una bellota que no se convertirá en una encina hasta trescientos años más tarde. 

La vida humana es demasiado corta para acabar una obra. Los hombres no pueden hacer más que continuar lo que ya está hecho o fundar algo para aquellos que vendrán más tarde. Oirás sin cesar que se oponen la tradición y el progreso. Ahora bien, el hombre participa a la vez de lo uno y de lo otro. Continúa lo que está hecho y es fiel a la tradición. Avanza, incorpora y progresa siempre en la misma dirección. Se puede decir que la tradición es el progreso de ayer y que el progreso de hoy es la tradición de mañana. Esperar no consiste en dejar algo para mañana. Hay que empezar el mismo día. Lo que se deja para mañana es lo que no se ha podido hacer hoy. Esperar no consiste en aguardar a que otro haga en nuestro lugar lo que podríamos hacer nosotros, sino en hacerlo primero solos y dejar después que otros nos ayuden.

Hay casos en la vida en que no se puede hacer más que esperar y sufrir. Un poeta inglés, Milton, que se volvió ciego, escribió este hermoso verso: “They also serve who only stand and wait”, “También ellos sirven, los que no hacen más que aguantar y esperar”. Oirás a menudo hablar del amor. Al amor se le llama a veces caridad, pero es preferible la palabra amor a la palabra caridad, porque la caridad parece designar la benevolencia, el don que se hace al dar un poco de dinero a un pobre. El amor es mucho más. La palabra amor se emplea por los hombres de una manera tan vaga (y a veces tan mal) que hace falta que te explique primero lo que significa amar.

Toda la enseñanza del Cristo se puede reducir a la ley del amor. El que quiere llamarse discípulo suyo debe primero amar a Dios sobre todas las cosas, lo que significa hacer siempre la voluntad de Dios que se manifiesta por la vía de la conciencia. Debe, después, amar a todos los hombres sin distinción de raza, color, situación, como si fueran nuestros propios hermanos y porque Dios los ama. Debemos aprender de memoria las palabras  de Jesucristo que voy a citar: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” y “Haz con los demás lo que quisieras que hicieran contigo”. Hay por tanto dos mandamientos que no son más que uno: amar a Dios sobre todas las cosas, con toda el alma y con todas las fuerzas; y amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Estos dos mandamientos Jesús dijo que no eran diferentes. Si amamos a Dios como a un padre, amamos a los otros hombres como hermanos que tienen un mismo Padre. ¿Se puede amar a los demás sin conocer a Dios? Sí se puede, pero no es un amor perfecto. Y, ¿se puede amar a Dios sin amar a los demás? Esto ocurre a menudo, pero no es un verdadero amor de Dios. La prueba de que amamos a Dios sin verle es amar al prójimo a quien vemos. Si yo tuviera que escoger entre amar a Dios sin amar a los demás o amar a los demás sin amar a Dios, ¿qué debería hacer? Trataría de no escoger. Pero, si fuera absolutamente forzoso escoger, creo que escogería amar a los demás, pues amando a los demás aprendería a amar a Dios. Hay muchos libros que hablan del amor. Voy a aducir solamente un texto clásico de San Pablo, cuando definió el amor diciendo que era lo más grande que existe en el mundo: “Si doy todo mi dinero a los pobres pero no tengo amor, esto no sirve de nada. El amor es paciente; el amor es servicial; el amor no es envidioso; el amor no es fanfarrón. El amor no hace nada inconveniente. El amor no busca su interés, no se encoleriza; no mira lo que está mal; no se alegra de la injusticia, sino que pone su alegría en la verdad. Lo excusa todo, lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo. El amor no pasará jamás. La fe, la esperanza y el amor son las tres virtudes principales, pero la más grande de todas es el amor”. 

Para la práctica del amor existen algunos consejos. Hacer algo por amor es hacerlo sin pensar en el interés, por la sola belleza en sí. Los más bellos actos de amor son aquellos que nadie conoce porque han sido realizados en el secreto del corazón. Amar quiere decir hacer el bien. Pero ¿qué bien? ¿El bien material? Piensa en todos los pobres, piensa en todos los pueblos que están subalimentados, que no poseen el mínimo vital. No darás, sin embargo, solamente cosas materiales sino también tu espíritu y tu corazón. Dar el propio corazón es consolar. Los niños tienen un gran poder para consolar a las personas mayores cuando están tristes. “Mamaíta, no quiero verte llorar”. Da a los demás esta alegría de vivir que hay en tu corazón de niño. Entre todos tus amigos, prefiere aquellos que tienen penas. Trata de adivinar la pena de los demás pues la pena se esconde. Consolar a alguien no consiste en hablarle, puede consistir en callarse con él, en caminar con él en silencio. En este aspecto, las palabras que uno retiene entre los labios hablan más claramente de las que se dicen. Consolar es demostrar a los demás que se pone en su lugar. La soledad es más dolorosa que la pena. El amor verdadero es alegre, jovial, puro; tiene una sonrisa pura y sus ojos  miran de frente. El falso amor es triste. El verdadero amor es generoso, tiene vastos proyectos, quisiera ver mucha alegría alrededor de sí, busca multiplicar la vida. El amor lo da todo. Y sabrás que es más agradable hacer una cosa a fondo, con todo el corazón, con todo el espíritu, que hacerla a medias y a contrapelo. Y es porque estamos hechos para ser perfectos. La perfección en todo da más  placer y felicidad que la imperfección... Y también da más  satisfacción el trabajo  bien hecho que el trabajo mal hecho. Lo excelente da siempre menos trabajo que lo mediocre. Ventajas y perfecciones del amor. 

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