Listin Diario
22 Agosto 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 6:49 PM
Puntos de vista 1 Diciembre 2012
0 Comentarios
Tamaño texto
EN PLURAL
Para volver a estar juntos
Compartir este artículo
Yvelisse Prats Ramírez De Pérez
yvepra@hotmail.com

La vida larga me ha despojado de algunas energías, ha teñido de blanco mi cabello y ahonda surcos en mejillas y frente. Pero lo más precioso que me quitan los años son los/as amigos/as que mueren.

Noviembre cerró sus treinta días haciendo honor al segundo dedicado a los difuntos. He perdido dos seres queridos, ligados a distintas etapas de mi existencia.  Mientras los lloro evoco vívidamente ambientes, situaciones, alegrías y penas que atravesamos compartiendo sonrisas y consuelos.

Conocí a Teresita Bounpensiere a través de la amistad entre su mamá y la mía, dos mujeres inteligentes, cultas, buenas, reunidas para hablar de lecturas, de estudios, de cotidianidades, sobre todo, de nosotras, las hijas. Yo, la única, flacucha y enfermiza; Teresita, y aquel cascabelito alegre de su hermana Rossete.

Porque ellas eran hijas de una maestra consagrada, Atala Cabral, leían desde chiquitas mucho, de lo bueno. En ese universo maravilloso de cuento y poesía se encontraron conmigo sobre todo Teresita, que era la mayor de las tres.

Crecíamos juntas. Vivíamos muy cerca, en el Santo Domingo de mediados del siglo pasado, recoleto y provinciano, nos visitábamos por las tardes; al principio, jugábamos con muñecas, ya luego empezamos a intercambiar confidencias sobre nuestras primeras palpitaciones aceleradas al calor de un piropo, una mirada halagadora, el roce de otro cuerpo adolescente en el baile del Club de la Juventud o en una de las secuenciadas fiestecitas de 15 años.

Teresita se ennovió antes que yo, ambas nos enamoramos ignorando que, como dice Platón, “el amor da lo que no se tiene al que no es”. Por eso, las dos nos equivocamos en los primeros amores, el mío duró tanto que cruzó conmigo vestida de blanco el umbral de la Iglesia Las Mercedes, y me puso a parir cinco hijos, lo único bueno que se salvó del naufragio.

Teresita, perseverante en la soltería, continuaba coleccionando títulos y honores. Viajó, durante años supimos de ella ascensos y triunfos. Funcionaria de organismos internacionales, una mujer dominicana que rompía esquemas, su reservada modestia la envolvía como sutil niebla alejándola de las candilejas mediáticas. Un día, un tanto misteriosamente, retornó al país, con sus ojos más verdes que nunca, su cara sonriente desprovista de afeites, y un hijo.

Ella lo presentó como su mayor triunfo,  su medalla de mujer completamente realizada.

Porque yo estaba vertiginosamente inmersa en la política, trotando entre mil actividades, y ella se cobijó en su casa y en la iglesia, no nos vimos mucho, quizás no nos habríamos entendido como antes. Pero su recuerdo cálido superaba distancias y distanciamientos, estuvo y está cerca, más próxima en su añoranza ahora que ha muerto.

Otro  amigo, firme roca de lealtad, Pedro de la Cruz, se ha marchado también en este noviembre ventoso que arrancó hojas de los árboles y me empujó a un espacio de soledad y nostalgia infrecuentes.

Pedro se lleva otra parte de mi vida, la de adulta, luchando con vehemencia por las causas en que he creído. Maestro como yo, compartió muchas batallas a mi lado. Recuerdo con respeto que fue  en su oficina de Director de Distrito Escolar, en la calle Emilio Prud Homme, que imprimimos en un mimeógrafo, fotocopiadora de la época, el primer Manifiesto de Protesta contra el derrocamiento infame de Juan Bosch en 1963.

Por distribuirlo, días después fui cancelada de mi cargo de Subdirectora del Instituto Salomé Ureña.

En el tiempo duro que se inició con ese despido, Pedro de la Cruz fue para mí, responsable de 5 hijos y un padre enfermo, el más solidario y generoso amigo, discreto donante de alimentos que disfrazados como “merienditas” para los niños, se convertían a veces en comidas completas.

Cuando la suerte se me viró para bien y llegué a la Secretaria de Educación como titular, estuvo ahí, conmigo, aconsejándome, ayudándome con su gran experiencia y su enorme afecto, mi amigo Pedro de la Cruz.

Últimamente, al impedirle  la enfermedad estar a mi lado, se hizo representar por sus mas legítimos embajadores: su esposa Maruca, y un hijo estupendo que le honra.

Pedro deja  al partir recuerdos diferentes  de los dulces de Teresita. Su figura se coloca en la memoria de momentos amargos, de precariedades y angustias, dando la cara al riesgo y extendida para proveer su mano leal. Porque fue en tiempos fuertes,  su marca es más profunda y constante. Pedro, gracias. 

Porque sé que hay moradas que Jesús nos reserva adonde ellos van, los acompaño en su viaje con un ruego encendido: Teresita, amiga de mi juventud, Pedro, amigo en mis trincheras adultas. ¡Pidan al Padre que me guarde un rinconcito al lado de ustedes!

COMENTARIOS 0
Este artículo no tiene comentarios
Comentarios | No tiene cuenta? Cree su cuenta | Recuperar contraseña
Debe estár logueado para escribir comentarios
Usuario Contraseña