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En Casa de Teatro con Vargas Llosa
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Tony Raful

Cuando el escritor de una obra se  llama Mario Vargas Llosa, asistimos a la destreza, al manejo adecuado de las palabras, a la estructura formal del contenido, la búsqueda a través de sus personajes del recóndito espacio de los vínculos psicológicos y su demanda social. Estuve  en Casa de Teatro, esa  guarida de la cultura dominicana que Freddy Ginebra ha esculpido con sacrificios y dedicación en medio del desconcierto, convocándonos durante muchos días, meses y años, a citas ineludibles con el buen gusto y la calidad artística. 

Freddy debió ser el patrón de todas las festividades laicas, en su humildísima  estampa de quijote, una especie de rey momo de todas la vías y casonas, de los entuertos, de todo el crisol y música que retumba en sus altares coloniales, en sus murallas, los domingos en la tarde en San Antón, algunos noches bajo el son y la bachata, donde Víctor Víctor inaugura temprano la bohemia. Estuve viendo la representación teatral de  “Al pie del Támesis”, de Vargas Llosa, una obra esencialmente psicológica donde se pone de relieve la complejidad de la mente humana. No son los personajes  sino la mente, la urdimbre desbocada de sus monstruos y pesares. 

 ¿Cómo aborda Vargas Llosa el problema de la identidad sexual? ¿Cómo  logra que una pieza teatral discurra en una ceremonia espantosa, en un único escenario de tiempos diferidos, tocando con maestría en los diálogos el desgarramiento de la crisis existencial? 

Un escritor escribe pero su obra no le pertenece desde que alcanza la participación de sus lectores. Somos nosotros que otorgamos a la narración, en este caso a la obra teatral, los múltiples significados, las distintas acepciones, el rumbo obtuso de nuestras subjetividades, porque al final, la obra es un instrumento sesgado de las percepciones y el ámbito gris de nuestros  universos cognitivos. 

La tarea ineludible del escritor es usar las herramientas de su escritura, organizar los parlamentos, someternos el drama y ofrecernos las opciones de su seguimiento crítico y su proximidad cultural. 

La historia de un reencuentro de dos amigos en una habitación de un hotel de Londres, en la que uno de ellos regresa como transexual, irreconocible para el otro, y entre quienes se  desarrolla una conversación angustiosa en la cual uno de ellos reconoce lentamente la existencia del otro en medio de una invocación de recuerdos traumáticos y deudas psicológicas pendientes. En los espacios virtuales de la trama, nada ha ocurrido como parece ni como en el tiempo de la obra está sucediendo. Se trata de un envoltorio de profundidad  interior. 

La mente que alcanza autonomía absoluta cuando caemos en brazos de Morfeo, se convierte en el eje vivencial de todas las escenas. Los límites entre el sueño y la realidad son frágiles. Shakespeare había dicho que los hombres estamos hechos del mismo material de los sueños. Cuando la mente se torna libre en los sueños, abandona toda yugulación ética, todo acatamiento moral, las nociones culturales se escinden, y por lo general, lo que el pensador hindú, Krisnamurthi, llamaba “basura psicológica”, puede operar como realidad paralela o suplantar la realidad asumida en el equilibrio racional de las contradicciones vivenciales. 

¿Quién es en el sueño, el que traza el ordenamiento confuso de los remordimientos, el que reactiva en el inconsciente, el que bosqueja en el accionar nervioso, las supuestas identidades, las lealtades a los márgenes oscuros de la memoria? Berta Saavedra, en realidad Pirulo, su amigo homosexual de la adolescencia, convertido ahora en mujer, regresa después de muchos años, a establecer un diálogo, al principio inadmisible para Chispas, su amigo, que es en realidad un ajuste de cuentas, en todo su episodio trágico, donde éste, envuelto en las llamas del laberinto más lóbrego, hace concesiones que reivindican en el fondo de todo su machismo, una indeclinable vocación homosexual, tanto años encubierta, solapada, y al fin despertada en el caos de aquel encuentro inesperado.

Todo aquel embrollo tiene algún sentido o desenlace lógico cuando el mundo psicológico vivido carece de sustentación material, se esfuma al despertar de un sueño profundo, y llegar un asistente a buscarlo, por su tardanza en asistir a la reunión financiera pendiente, quien en su propia estampa física había sido en su inconsciente la evocación misma de Pirulo y todo el lastre de miseria que exhibe. 

En pura realidad convencional nada es como se ha contado ni es como transcurre. Es un juego psicológico donde sucumbe la conciencia ante la suspensión del ordenamiento de valores adquiridos, heredados o asumidos. 

Es la mente loca que tanta fatalidad y confusión trae a los seres humanos que creen obedecer a designios ocultos y falsamente reales e inevitables. Magnífica dirección de Danilo Ginebra, cada vez más excelente y realizaciones aceptables de los reconocidos actores, Henssy Pichardo y Patricia Muñoz, así como puntual y brillante articulación de sonidos y música del percusionista, el gran Fellé Vega. 

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