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PENSAMIENTO Y VIDA
Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo
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Francisco José Arnaiz S.J.

Pentecostés es un momento clave del Cristianismo. Ese día inició su vida y su historia la Iglesia, como depositaria, continuadora y administradora del misterio y la obra de Cristo a impulso de la presencia activa del Espíritu Santo. Esta historia se ha prolongado hasta el día de hoy y lo hará hasta el final de los tiempos.

San Lucas, previamente al narrarnos la ascensión de Cristo al Padre, escribe en los Hechos de los Apóstoles: “(Jesús) mandó (a los apóstoles) no apartarse de Jerusalén sino esperar la promesa del Padre que de él habían escuchado, porque Juan había bautizado en agua pero ellos, pasados no muchos días, serían bautizados en el Espíritu Santo. Los apóstoles le preguntaron: ¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel? Él les dijo: no les toca a Ustedes conocer  los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder, pero Ustedes recibirán el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre Ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el extremo de la tierra” (Hech 1, 4-8).

El descenso del Espíritu Santo a los apóstoles y con ellos a la humanidad la había ya predicho Jesucristo en su largo discurso de despedida la víspera de la pasión.

Los apóstoles, según esto, antes del día de Pentecostés se hallaban reunidos en Jerusalén, a la espera de la irrupción del Espíritu Santo sobre ellos. Habían aprovechado el tiempo para la elección de Matías, en substitución de Judas. Con esta elección habían recuperado el número de “doce”, que habían perdido con la deserción de Judas. Doce era un número simbólico que rememoraba las doce tribus de Israel. De la misma manera que esas doce tribus habían constituido el pueblo elegido de Israel, los doce apóstoles y sus sucesores, los Obispos, constituirían el nuevo pueblo elegido, la Iglesia universal. El primero era el pueblo de Dios de la Antigua Alianza y la Iglesia, el pueblo de Dios de la Nueva Alianza

La irrupción del Espíritu Santo se produciría deliberadamente el día de Pentecostés. Pentecostés significa “50”. Se sobrentiende 50 días después de la Pascua. Era una fiesta judía ancestral muy especial. En su origen era profana, agrícola, con la que se celebraba la recolección del trigo. Más tarde, se tornó fiesta patriótica-religiosa.

De la misma manera que la Pascua  recordaba y celebraba la independencia ñel tránsito de la esclavitud a la libertad- del pueblo de Israel a través del paso del Mar Rojo, Pentecostés recordaba y celebraba la constitución de la nación en memoria de la ley dada a Moisés y de la antigua alianza firmada en el Sinaí.

Ambas fiestas las asumió Jesucristo como símbolo de dos excelsas realidades de la nueva era, la cristiana, que él había inaugurado. Esas realidades eran la liberación del pecado, de la ley y de la muerte de toda la humanidad a través de su muerte y resurrección, es decir el paso de la esclavitud del pecado a la dignidad de hijos de Dios; y la irrupción del Espíritu Santo en el  interior de los seres humanos, constituyéndolos de esta manera en hijos de Dios, hermanos de Cristo y coherederos con El de la gloria eterna.

Con esto, Jesucristo empleaba un método sencillo y muy pedagógico: hacer comprensible lo desconocido, lo misterioso, a través de una realidad conocida y comprendida, empleando lo comprendido como símbolo expresivo de lo desconocido

En tiempo de Jesucristo la fiesta de Pentecostés se celebraba solemnemente en el Templo de Jerusalén con nutrida afluencia de judíos venidos para ello de todo el mundo, sobre todo de la cuenca mediterránea. Al amanecer se levantaban las víctimas y los panes de las ofrendas hacia los cuatro puntos cardinales para consagrarlos a Dios, Señor supremo de todos los vientos. Se reavivaba la llama del altar de los sacrificios y se aclamaba al fuego nuevo que se elevaba chisporroteando.

No sabemos si en este día, los discípulos acudieron o no al templo. Sabemos que estaban reunidos y que tuvieron una experiencia única. Nos la narra así San Lucas: “al cumplirse el día de Pentecostés estando todos juntos en un lugar se produjo un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invade toda la casa en que estaban. Aparecieron, como divididas lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos, quedándose todos ellos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas, según que el Espíritu Santo les concedía expresarse” (Hech 2, 14).

Con esta irrupción del Espíritu Santo sobre los doce apóstoles nacía la Iglesia. Significativamente nacía estando presente María, ella que a través de su maternidad había sido privilegiadamente asociada al misterio y obra de su hijo el redentor y salvador universal y que sería por eso la Mediadora Universal ante su Hijo en la Iglesia.

A propósito de la irrupción del Espíritu Santo, nos cuenta San Lucas que en esos días estaban en Jerusalén “judíos varones, piadosos de cuantas naciones hay bajo el cieloÖpartos, medos, elamitas, los que habitan Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las partes de Libia que están contra Cirene y forasteros romanos”. Una multitud de todos estos, habiendo oído lo sucedido con los apóstoles, acudieron a ellos y Pedro les dirigió la palabra. Su sorpresa fue mayúscula. Cada uno les entendía en su propia lengua, signo de la universalidad de la Iglesia naciente. Poco a poco, con el correr de los tiempos el Espíritu Santo iría asumiendo nuevas lenguas y nuevos dialectos.

Nada pudiéramos decir sobre la existencia y actividad del Espíritu Santo sino hubiera habido la revelación de ellas por parte del mismo Dios. Erróneamente hay quienes creen que es muy poco lo que podemos decir del Espíritu Santo.

La esencia, gloria y fin del cristianismo es hacernos partícipes de la vida divina a través de la presencia inmanente del Espíritu Santo en nosotros. Dicha presencia es transfiguradora de nuestra condición y guiadora de nuestra acción. Guía al ser humano iluminándolo y moviéndolo siempre al bien. Dios subsiste en tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, el misterio de la Santísima Trinidad. El modo de esta subsistencia nos es incomprensible pero es real. De acuerdo a la revelación, aunque solamente nos es infundido el Espíritu Santo, en virtud de la subsistencia lo que se nos comunica a través del Espíritu Santo es la vida intratrinitaria y a partir de este momento nuestra relaciones son con las tres Divinas Personas.

Los adjetivos y substantivos que le aplica el Nuevo Testamento al Espíritu Santo iluminan su naturaleza y misión en nosotros. Esos adjetivos y substantivos son: Espíritu del Dios tres veces santo; Espíritu del Padre y del Hijo; Espíritu de Dios infundido en nosotros; Abogado; Consolador; Iluminador; Espíritu liberador; Sello de nuestra redención (con que quedamos marcados como aceptados por Dios y pertenecientes a Él); primicias de nuestra redención y justificación: prenda de la eterna gloria; arras de ella; y unción divina. San Agustín llama al Espíritu Santo “alma divina del alma humana”:

Las funciones, que el Nuevo Testamento le atribuye, son; santificar; justificar; lavar nuestros pecados; fortalecer; proporcionar sabiduría; consolar; iluminar; entusiasmar; convertirnos en templos vivos de Dios; recrearnos vivificándonos divinamente; pacificar; unir, liberar; compungir; testimoniarnos que somos hijos de Dios; radicalizar nuestro amor a Dios y al prójimo; hacernos capaces de prescrutar las profundidades  de Dios; ayudarnos a vivir plenamente el estado de vida elegido  y nuestra función en la sociedad; cristificarnos, ayudarnos a orar. “Intercede por nosotros en nosotros con gemidos inenarrables, dando a nuestra oración alcance infinito y profundidad divina (Cfr Rom 8, 16 y Gal 4,6).

Los frutos de la presencia del Espíritu Santo son amor, alegría, paz, comprensión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza. Y sus dones los ha sintetizado la Iglesia en siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

En esta Fiesta del Espíritu Santo la Iglesia canta jubilosamente: Ven, Espíritu divino,/ manda tu luz desde el cielo./ Padre amoroso del pobre, / don, en tus dones espléndido/ luz que penetras,/ fuente del mayor consuelo./ Ven, dulce huésped del alma,/ descanso de nuestro esfuerzo,/ tregua en el duro trabajo,/ brisa en las horas de fuego, /gozo que enjuga las lágrimas / y reconforta en los duelos./ Entra hasta el fondo del alma, / divina luz y enriquécenos. / Mira el vacío del hombre, / si tu faltas por dentro; / mira el poder del pecado, /cuando no envías tu aliento. / Riega la tierra en sequía, / Sana el corazón enfermo,/ lava las manchas, infunde /calor de vida en el hielo, / doma el espíritu indómito,/ guía al que tuerce el sendero. / reparte tus siete dones / según la fe de tus siervos, /por tu bondad y tu gracia./ Dale al esfuerzo su mérito; / salva al que busca salvarse / y danos tu gozo eterno.

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