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La Vida 14 Junio 2007
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AVENTURA
De safari en África
VER DE CERCA LA JIRAFA, EL ELEFANTE, EL RINOCERONTE, EL LEÓN, LOS TIGRES Y LOS LEOPARDOS ES VIVIR UNA EXPERIENCIA ÚNICA EN EL CORAZÓN DE LA SELVA
  • Durante la excursión, los elefantes constituyen toda una atracción.
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Miguel Franjul

CIUDAD DEL CABO, Sudáfrica.- Quien viene  al África y no se interna en la selva o en un desierto a perseguir animales gigantes y algunas fieras se pierde del fabuloso sabor de aventura que los safaris despiertan entre todos aquellos turistas que conocen las riquezas ocultas de este continente.

Hay “safaris” o recorridos por las grandes y pequeñas reservas alrededor de Ciudad del Cabo, pero los más fascinantes son los  de Johannesburgo, la segunda ciudad. Aquí, dada la vastedad de las selvas o reservaciones, la excursión se toma, por lo menos, de dos a tres días.

Pero no todo es buscar, perseguir o contemplar inofensivos o agresivos animales. Los recorridos abarcan también visitas a los viñedos ya famosos de Sudáfrica, almorzar, hacer campings o fiestas bajo la luna y hasta jugar tenis o ir a las piscinas, si el tiempo cálido lo permite.

Las tarifas varían de acuerdo con las dimensiones de las reservaciones, las ofertas de diversión que tienen y las distancias o los días de duración. Oscilan entre 130 y 300 dolares, en algunos casos incluido el hotel o el alojamiento primitivo en que han de pernoctar en la selva. pág. 6 Sea cual fuere el lugar, el tiempo o las características de los safaris, estos siguen constituyendo una de las principales atracciones para todo el turista que llega al África y quiere experimentar las emociones que otros han vivido y rememorado al meterse en las honduras y los peligros de la selva.

EN LA SELVA

Atracción para turistas
Sea cual fuere el lugar, el tiempo o las características de los safaris, estos siguen constituyendo una de las principales atracciones para todo el turista que llega al África y quiere experimentar las emociones que otros han vivido y rememorado al meterse en las honduras y los peligros de la selva.

Las emociones de participar en un divertido safari africano
Tratando de no alejarme mucho de la ciudad, estuve con mi esposa, Nancy, en el llamado “Big five safari”, en la reservación Fairy Glen, que forman seis propiedades privadas de diferentes dueños que se han unido para preservar en ella -con sus veinte mil hectáreas -los cinco grandes animales comunes en el África: la jirafa, el elefante, el rinoceronte, y, en “grandeza ofensiva” y temeraria, el león, el tigre y el leopardo.

El safari comienza a las 7:30 de la mañana y este día hace un frío tremendo y hay mucha niebla. Lo aprovechamos al máximo, pues todavía no había comenzado la 60 Asamblea de la Organización Mundial de Periódicos, en Cape Town, y muchos directores y propietarios de diarios famosos de todo el mundo aprovechaban este asueto para probar las emociones de estas pruebas en el desierto.

Las primeras tazas de café o chocolate caliente las sirven en un parador de madera en el que también se exhiben suvenires, fotos, ropas apropiadas para el día de campo, sombreros, gorras, guantes y zapatos.

Steve, un joven blanco sudafricano, simpático y diestro en la explicación de la vida de los animales, las plantas y los secretos del desierto, se monta en lo que parece ser un tractor reformado para convertirse en vehículo abierto a los lados pero techado, desde el cual los turistas pueden admirar el panorama.

Es un pequeño camión que puede deslizarse por el lodo, entrar en algún río o subir cualquier montaña sin dificultades, pero cuyo ruido del motor hace denotar rápido su presencia en las zonas por donde se desplazan los animales.

Estos van apareciendo en el camino, entre los bosques, algunos se quedan quietos mirando a los visitantes, otros huyen dando alaridos y otros parecen indiferentes, como nos ocurrió con los leones y tigres que mantenían encerrados tras una cerca electrificada en una gran zona. Ese día estaban hartos, deseosos de dormir o descansar, pues ya habían comido su ración de media vaca y no lucían en actitud de atacar ni agredir o de acercarse a las redes para aproximarse al camión del safari.

Esta reservación de Fairy  Glen se encuentra al pie de la famosa montaña Brandwacht, que domina un panorama de vegetación espesa, cataratas y la belleza inconmensurable del Cabo Fynbos, y en los bordes del campo de golf “Desierto de Karoo”, diseñado por el famoso golfista  Gary Placer, y el jardín botánico nacional.

Comiendo termitas y bebiendo agua de cactus
Hay un momento interesante en el recorrido y es cuando nos detuvimos en medio de un bosque seco a observar unos extraños montículos: son los refugios de las termitas, que parecen hormigas gigantes y se congregan por millones bajo una capa de tierra. Curiosamente, los montículos son como brújulas para los excursionistas, porque todos apuntan hacia el norte, permitiendo una indicación geográfica de origen natural inexplicable.

Steve se subió con sus botas, dio algunos brincos en la cima del montículo y este lucía compacto. Luego sacó un puñal y comenzó a rascar la compactación y a recoger termitas en la palma de su mano. Cuando ya tenía como seis, se las echó de un tiro en la boca. Luego siguió sacando más y brindó a quien quisiera. La curiosidad me mataba y decidí también imitar a Steve y comerme algunas termitas vivas.

Son deliciosas y dejan un agradable sabor en el paladar. El resto de los excursionistas, entre repugnancia, indiferencia y hasta intentos de vomitar, no simpatizó con la idea de seguir comiendo estos animaluchos. Luego vino otra prueba: la de tomar “agua” en el desierto, que se almacena en una especie de cactus, como los del desierto de Sonora, en México, que al pincharse botan un líquido tan cristalino y tan potable como el agua.

Dos fuentes de subsistencia humana, además de los animales, tienen los desiertos africanos. Las termitas y los cactus, y de veras que es una experiencia nueva saborearlas.

 Luego de varias horas de recorrido, se hace una parada en una cómoda cabaña que tiene piscina, una pequeña tienda de suvenires y un comedor.

Allí se ofrecen carnes y pinchos calientes, sopas, ensaladas y otras delicias de la cocina africana.

El tour llega casi a su final. Y en la vuelta de regreso a la puerta principal, se topa uno de nuevo con muchos de los animales que ya ha visto y le parecen familiares. Los elefantes se han metido en una hondonada y comienzan a tumbar un árbol con la fuerza de sus partes posteriores. No les resulta difícil echar abajo un árbol para comer sus hojas. Los rinocerontes se han echado debajo de unos árboles y no le hacen caso a nadie.

Las cebras y los avestruces, como los antílopes, se alejan de inmediato en manadas. Los búfalos se mueven pesadamente en los pastos, como si nada les importara. Los leopardos no quisieron bajar de la montaña ese día. Por suerte, porque son alevosos, acechan y, si tienen hambre, son capaces de cualquier osadía. Naturalmente, estos accidentes no ocurren en estos safaris, porque los organizadores se cuidan de no exponer a los turistas a semejantes peligros.

Sea cual fuere el lugar, el tiempo o las características de los safaris, estos siguen constituyendo una de las principales atracciones para todo el turista que llega al África y quiere vivir las emociones que otros han experimentado metiéndose en las honduras y los peligros de la selva.

De lo contrario, no se siente haber estado alguna vez en el África, inmensa, misteriosa e imprevisible.

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