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La República 25 Julio 2012
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FIGURA BANILEJA
Héctor Incháustegui Cabral, a cien años de su nacimiento
LA FUNDACIÓN CORRIPIO, INC. Y HOMBRES DE LETRAS LE RINDEN HOY HOMENAJE A LAS 6:00 PM
  • Aportes. Con la muerte de Héctor Incháustegui Cabral, a la edad de 67 años, la República Dominicana perdió a uno sus más notables hombres de letras e íntegro servidor y protector del interés público en funciones domésticas y misiones internacionales.
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Guillermo Pérez
guillermo.perez@listindiario.com
Santo Domingo

El mundo del género literario e intelectual dominicano conmemora hoy, 25 de julio, el primer centenario del nacimiento de don Héctor Incháustegui Cabral, uno de los hijos más ilustres de Baní, cuyo futuro en ese arte empezó a deslumbrar desde los albores de su adolescencia al abrazar el fascinante instrumento de la palabra, un elemento clave en esa área del saber humano que lo catapultó hasta florecer como un brillante poeta, ensayista, periodista y diplomático.

Para aquel Baní, el pueblo al que siempre dedicó tiempo y espacio en sus reflexiones por haberle privilegiado con la cuna de su nacimiento, en unos apuntes de reiterado amor a esa tierra reveló todo su sentir cuando subrayó que “no se nace impunemente en un lugar determinado de la tierra. Ese lugar en que hemos nacido nos marcará para siempre”.

Nacido el 25 de julio de 1912, don Héctor, quien murió en Santo Domingo el 5 de septiembre de 1979, a la edad de 67 años, tuvo de padre al periodista y escritor banilejo Joaquín S. Incháustegui Andújar, fundador del periódico “Ecos del Valle” y autor de la valiosa “Reseña Histórica de Baní”, y su madre, doña Marina Elena Cabral Billini, ambos banilejos.

Antes de referencia alguna sobre el fulgor de su pluma, su vida y sus honras, don Héctor es digno de una particular evocación por su aprecio al país, preferentemente al terruño donde sus padres le inculcaron el amor al trabajo y una educación que posteriormente le hicieron acreedor del reconocimiento que hoy, como cada año, le hace la gratitud nacional.

Sobre todo, amó incondicionalmente a su familia y a su pueblo, el Baní que evolucionó con un impulso extraordinario en el campo de la literatura desde principios del siglo XX, aportando extraordinarios hombres de letras, escritores e intelectuales de temple.

De Baní a la capital
Don Héctor vivió buen tiempo en Baní, pero tuvo que emigrar a Santo Domingo ante urgencias de estudio y trabajo.

Hijo de una familia pobre, como él mismo confesó una vez, tuvo que empezar a trabajar desde muy joven debido a la estrechez económica que agobiaba al hogar paterno. Sin prejuicios ni temor, resumió la situación de penuria familiar con estas palabras: “Por la casa de mis padres pasaron duros vientos”.

Fue por esa lealtad con la verdad que el notable narrador, ensayista e investigador literario Manuel Mora Serrano, dijo de don Héctor, el 28 de marzo de 1988, que fue “el más sincero y prolífico al hablar de él y de su tiempoÖ de su ternura por Baní”.

Ese era el ambiente que le rodeaba, la pobreza, a sus 15 años de edad, conforme su virtuosa confesión: “En 1927, más o menos, comenzó un período difícil para mi familia. Bajaron los ingresos y decidimos, entre todos, que yo debía prepararme para trabajar, para ayudar a la casa. Tenía 15 años. Por la mañana iba a la escuela y por las noches estudiaba comercio”.

Se graduó de bachiller en la Escuela Normal de Varones, en Santo Domingo. Tuvo una enorme pasión por la literatura y eso lo llevó a estudiar y obtener su grado de Filosofía y Letras en La Universidad Autónoma de Santo Domingo. Después de clases, elaboraba dulces de guayaba, junto a su madre y esposa, que luego salía a vender entre conocidos.

Casó con Candita Salvador, de cuya unión nacieron tres hijos: Sergio Rafael, Héctor Joaquín y Mariano.

Autor de una fructífera producción literaria, un ensayística de gran rigor intelectual, los críticos le consideran como uno de los escritores más destacados de la poesía social antillana del siglo XX.

Destacó lo suyo y dedicó mucho tiempo al estudio de los poetas contemporáneos del país.

De su poemario
Como poeta, se dio a conocer en 1940 luego de la publicación del volumen de versos titulado “Poemas de una sola angustia”.

El escritor don Manuel del Cabral, ganador en 1992 del Premio Nacional de Literatura, y compañero de generación de don Héctor, consideró al banilejo como “uno de los representantes de la gran poesía dominicana contemporánea. Su obra extensa e intensa basta para quedarse en la historia de la literatura de nuestro país como uno de los hitos del pensamiento dominicano”.

Paradójicamente, el pueblo al que tanto amó, salvo una reducida generación que se resiste a rendirse ante la presión del olvido, ignora en esencia su enorme aporte en el campo de las letras y su entrega al servicio público en el país y el exterior, en los que demostró una integridad incomparable y una humildad sin límites.

Fue una de las figuras más destacadas del panorama cultural dominicano. Se inclinó, hasta su último respiro de vida, a los estudios humanísticos. Se desempeñó como presidente de Sociedad Nacional de Escritores y vicepresidente de la Sociedad de Autores y Compositores Dramáticos de República Dominicana. Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española y galardonado en 1952 con el prestigioso premio “Pedro Henríquez Ureña”.

En su rol de periodista, fue jefe de redacción y editorialista del LISTÍN DIARIO y La Nación; director del diario La Opinión,  Radio Caribe y Radio Televisión Dominicana. Como diplomático, fue embajador en México, Ecuador, El Salvador y Brasil. Fue secretario de Federico Henríquez y Carvajal y de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha en sus tiempos de rectores de la Universidad de Santo Domingo. También del licenciado Manuel Arturo Peña Batlle, cuando  presidió la Cámara de Diputados, y del doctor Donald Read Cabral, cuando ocupó la presidencia del Triunvirato.

En el campo académico, trabajó en la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica Madre y Maestra, donde fue director del comité de publicaciones y profesor emérito y escritor residente.

De su gran producción, don Héctor dejó como herencia al país obras como Miedo en un puñado de polvo, Versos, Soplo que se va y que no vuelve, Por Copacabana buscando, Muerte en El Edén, Las ínsulas extrañas, De vida temporal, Casi de ayer, Reseña histórico-crítica de la poesía en Santo Domingo, Escritores y artistas dominicanos, El pozo muerto, Diario de la guerra. Los dioses ametrallados y Rumbo a la otra vigilia.

En junio de 1966, Raúl Leoni Otero, presidente de Venezuela (1964-1969), le ofreció trabajo en su gabinete, pero declinó para aceptar una oferta de la Universidad Católica Madre y Maestra, donde fue profesor y vicerrector académico. En 1979 la Sociedad de Escritores Dominicanos le otorgó el prestigioso premio Caonabo de Oro.

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ESCRITORES NOTABLES VALORARON SU OBRA

Don Manuel del Cabral, compañero de generación de Don Héctor, y autor de “La isla escondida”, dijo de él en una ocasión, lo siguiente: “Héctor Incháustegui Cabral es uno de los representantes de la gran poesía dominicana contemporánea. Su obra extensa e intensa basta para quedarse en la historia de la literatura de nuestro país como uno de los hitos del pensamiento dominicano”.

Héctor, además de alto lírico, era un prosista de grandes aciertos expresivos, humanos y especialmente de penetrante aguja psicológica, a la que siempre acompañaba de una sedosa y mágica ironía que le daba un prestigio especial a su personalismo talento”.

Publicó una serie de obras en verso, teatro, ensayos y crítica. Su obra poética completa (1940-1976) apareció bajo el título de su primer libro de versos “Poemas de una sola angustia”.

En 1979, la Sociedad de Escritores Dominicanos le otorgó el prestigioso premio Caonabo de Oro.

Fue miembro correspondiente de la Academia Española de la Lengua, del Ateneo de México y del Ateneo de Bellas Artes de Río de Janeiro. Poco antes de su muerte fue hecho miembro de la Legión de Honor de México. El año anterior a su muerte fue reelecto para ocupar uno de los cinco puestos del Consejo Interamericano de Cultura de la Organización de los Estados Americanos y su miembro más antiguo.

Fue secretario de Federico Henríquez y Carvajal y de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha cuando estos fueran rectores de la Universidad de Santo Domingo. También del licenciado Manuel Arturo Peña Batlle, cuando presidió la Cámara de Diputados, y del doctor Donald Read Cabral, cuando ocupó la presidencia del Triunvirato.

En 1979, cuando lo atrapó la muerte, fungía como secretario particular del entonces presidente Antonio Guzmán Fernández.

Solo él pudo haber sentido, y así medir, el nivel de vibración alcanzado por su alma cuando escribió, atrapado en la gratitud que cargó hacia su pueblo, Baní, hasta su muerte, estas nobles palabras: “Este amor que pregonamos los vivos es verdad hasta después de la muerte, porque no se nace impunemente en un sitio, repito, y mucho menos si ese sitio es Baní...”.

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