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30 Septiembre 2014, Santo Domingo, República Dominicana, actualizado a las 11:48 AM
Entretenimiento 9 Marzo 2013
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DÍAS DE CINE

‘Bestias del sur salvaje’

QUVENZHANÉ WALLIS, Y DWIGHT HENEY, QUE PERSONIFICAN A HUSHPUPPY Y A SU PADRE WINK, VIVEN UNA HISTORIA DESOLADORA QUE SE CONVIERTE EN UNA VERDADERA POESÍA, EN UN HERMOSO CANTO A LA VIDA
  • Quvenzhané Wallis y Dwight Hene le dan vida a esta historia.

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Armando Almánzar R.
Santo Domingo

Para aquellos que confunden la manteca con la brillantina, sería muy interesante que fueran a ver “Beast of the Southern Wild” para que se percaten de cómo un creador enfoca un tema con verdadera decisión de hacer cinematografía pura, de hacer toda una pieza de verdadero sentido de lo que ha sido, es y será el séptimo arte.

Todo parece indicar que ese joven de 30 años, Ben Zeitlin, que apenas había hecho tres cortos, vio o se enteró de la existencia de una pieza teatral original de Lucy Alibar, se puso en contacto con ella y entre ambos crearon esa pieza magistral que es el guión de este film.

Luego, Zeitlin se internó en pleno centro de esa zona pantanosa, insalubre, inhóspita y escasamente habitada de Louisiana y, armado con su cámara y un aguerrido grupo de técnicos no muy profesionales, hizo un “casting” con la gente de los pequeños pueblos de la región y, con esos que escogió como intérpretes, empezó a armar su obra, que habría de costar alrededor de un millón 800,000 dólares, cantidad con que casi ningún publicista que se respete emprende la realización de un comercial para alguna marca famosa.

Y ahora los dominicanos, todos, incluidos los que hacen cine y se ufanan de ganar millones, pueden ver “Beast of the Southern Wild”, cosa que, con casi total seguridad, los segundos no se dignarán ver porque, aunque parezca mentira, la inmensa mayoría de nuestros “creadores” no va al cine ni ve cine en DVD en su hogar.

Deberían ver como Zeitlin logra una historia sobre gente común que sobrevive en un medio que es prácticamente un basurero porque es la única vida que conocen. Deberían para comprobar cómo, con una niña que nunca había visto una cámara de cerca, Quvenzhané Wallis, y un señor ídem, Dwight Heney, que personifican a Hushpuppy y a su padre Wink, crea una historia desoladora que se convierte en una verdadera poesía, en un hermoso canto a la vida.

Eso, muy a pesar de que, haciendo una lectura superficial de este relato, podría pensarse que es exagerado, tal vez fantasioso, pensando quizá en esos enormes cerdos que parecen salidos de una cinta de terror al estilo “Razorback”. Es, precisamente, la continuidad del infortunio en el que vive inmersa esa niña Hushpuppy, la que produce esos efectos: su madre ha muerto y ella viva aislada en aquel páramo salvaje supuestamente junto a su padre, pero ese Wink es un perfecto borrachín inconsciente aunque, por debajo de ello, siempre es posible que, aunque de una manera muy particular, quiera a su hija, que, de todos modos, es lo único que tiene en el mundo, como lo es él para ella. 

Hushpuppy habla con su madre, crea todo un mundo de fantasías e irrealidades en su derredor, enfrenta al padre, sobrevive a la tormenta, a la inundación, al hambre y balbucea de continuo su propia filosofía de vida enfrentando todo lo que la rodea, condiciona y casi aplasta.

Y esa niña, Quvenzhané Wallis, y Dwight Heney, y esos otros vecinos de los contornos, todos enfrentando por vez primera esa forma de hacer arte, brindan una interpretación conjunta que es señera, que deberá ser recordada como caso más que particular porque nos recuerda al De Sica del Neorrealismo, a Rosellini, a Pasolini, o sea, a  maestros de todos los tiempos. Pero, en especial, habrá que recordar a esa niña de 7 años haciendo ese rol tan exigente, tan comprometido. Ella ya tiene ofertas para hacer cine, es probable que sea la Anita, la tal huerfanita del cuento, pero no nos parece que, aunque lo haga bien (porque es evidente que tiene talento), alcance ese nivel asombroso con que nos ha deslumbrado en esta oportunidad.

Y, hablando de repetir excelencias, habrá que esperar para comprobar si ese jovencito Ben Zeitlin es todo un señor creador o, como en la fábula, tocó la flauta por casualidad.

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