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Sábado 21 de Noviembre del 2009, actualizado 2:28 AM
 
FÁBULAS EN ALTA VOZ
Con una vida plena
Marta Quéliz - 11/3/2009
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Todos en el colegio son sus amigos. Por donde pasa todos le llaman y le siguen por ser el más apuesto de la institución. Y es que Alex no sólo es buenmozo, alegre y popular. Viene de una familia adinerada que puede dispensarle todos los gustos.

Alex no conoce lo que es un suburbio, no sabe lo que significa trabajar de sol a sol para ganarse la vida, aún siendo un menor de edad. Lo tiene todo resuelto.

Una empleada se encarga de preparar su baño para que cuando se levante en la mañana haga uso de él sin complicaciones. Para desayunar, él elige qué quiere y dónde.

Una vez listo, en la puerta de salida su chofer espera por él. Todo a la sombra de un gigantesco árbol para evitar que el sol manche o dañe de algún modo, su blanca y delicada.

En el colegio también se cuida de los rayos solares.

Por eso desde que sale del aula, la cual tiene aire acondicionado, el jovencito se distrae en las áreas techadas del centro educativo, hasta donde llegan sus amigos y amigas a compartir con él.

La calidad de su merienda está garantizada. Minutos antes de que salga al recreo, llega su chofer y su nana con los alimentos que ha de comer.

Aunque es muy rico, no deja de ser humilde y comparte con algunos amigos la suculenta merienda que llega desde su casa, pues aunque éstos al igual que él vienen de una familia muy adinerada, no cuentan con este tipo de deferencia por parte de sus padres.

De regreso a la casa el sol es candente y el chofer se aproxima lo más que puede para evitar a toda costa que Alex sea alcanzado por algún rayito y se le estropee su bien cuidada piel, la cual sacada de la fábula, es una dermis agrietada, propiedad de Phillips, un adolescente de ascendencia haitiana que se acercó a mí para manifestarme que espera que lleguen todos los martes para leer esta columna en el periódico que llevan a la casa donde trabaja como “utiliti”.

Con cierta timidez me solicitó que escribiera una columna dedicada a él porque se siente muy mal, no sólo por ser negro, sino por los maltratos que recibe de algunas personas “que se creen que porque son blancas y tienen dinero, nosotros no somos gente”.

Me contó que trabaja desde las 6:00 de la mañana hasta que le permitan irse a eso de las 11:00 de la noche. Por eso me dijo que tratara de llevarlo a vivir a un mundo donde estudiara, tuviera buenos amigos, una casa linda, no trabajara, no cogiera sol porque “me pongo más negro”, pero sobre todo, donde tuviera una mejor calidad de vida.

En definitiva, Phillips me solicitó que lo llevara a una ciudad, donde su vida cambiara hasta de nombre. Ojalá haya llenado tus expectativas, pero quiero aprovechar estas líneas para decirte que tú puedes vivir en una eterna fábula si pones a Dios como único norte en tu vida.

Él da lo que en esta tierra nadie puede darnos: una vida plena.

 
 
Cándida Ortega
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