Cambiar el mundo

No resulta nada fácil realizar un análisis ponderado y veraz del mundo en el que nos ha tocado vivir. Hemos visto, hasta ahora, el enriquecimiento de unos pocos privilegiados, en perjuicio de la mayoría de un pueblo que sufre precariedades sin cuento. Parece evidente que el bien común está en crisis.

Necesitamos una nueva economía marcada por los valores de la solidaridad, una sociedad saturada de comportamientos éticos, una familia en la que sea patente el amor incondicional y una Iglesia que sea fuente de fe comprometida y de buenas obras.

Si ansiamos una sociedad justa, solidaria, habitable, es preciso arrancar, de una vez por todas, la corrupción, recuperar la credibilidad de los servicios públicos, impulsar la sobriedad en nuestra manera de vivir. Parece oportuno volver a ejercitar un trabajo responsable, poner transparencia a nuestros comportamientos y mantener un espíritu innovador. Actuar con espíritu de fraternidad, dejar aparte toda forma de individualismo y luchar por implantar la justicia es responsabilidad de todos. 

También es preciso que la Iglesia renuncie a toda forma de poder temporal y económico para potenciar la fraternidad y el perdón. Es el momento preciso para renovar el compromiso con los que más sufren. La persona que desea cambiar nuestro mundo, debe potenciar la caridad, mantener un perfil renovador y aceptar la realidad sufrimiento.

Es preciso rechazar la envidia y la pereza, pensar y trabajar con acierto y fomentar la paz y la convivencia. Sólo así lograremos potenciar los valores de la sociedad democrática. “Haz justicia con alguien y acabarás por amarlo. Pero si eres injusto con él, acabarás por odiarlo”. (John Ruskin)